LA IMPORTANCIA (ECONÓMICA) DE LLAMARSE ERNESTO

El nombre de esta entrada parafrasea el título en español de la obra de Oscar Wilde The Importance of Being Earnest, porque pretende describir someramente la relevancia que adquieren los nombres y apellidos en la economía, particularmente en determinados mercados, como el mercado laboral. Este hecho es algo que la teoría económica convencional no contempla como posible.

El análisis del mercado laboral dentro de la teoría económica convencional se fundamenta en supuestos de racionalidad de los agentes, característicos del análisis de cualquier mercado. Visto así, el seleccionador o demandante para un puesto de trabajo en una empresa, sea el dueño de esta u otra persona contratada para hacer esa tarea, tratará de maximizar su decisión eligiendo el mejor aspirante u oferente que se haya presentado, dentro de parámetros bien definidos y cuantificables para optar al cargo. El nombre de una persona no es un atributo medible, no remite a ninguna habilidad especial, por tanto no debería ser considerado dentro de los parámetros de evaluación. Pero el caso es que en la práctica el nombre o el apellido de la persona sí pueden influir en la selección y varias investigaciones experimentales lo confirman.

Para comenzar, sabemos, porque se han realizado estudios al respecto, que en las estructuras sociales fuertemente estratificadas de América Latina las relaciones políticas y económicas han sido influenciadas por la importancia de los apellidos de ciertas familias. Esta influencia se convierte a su vez en una fuente de discriminación económica y social hacia los grupos que no tienen apellidos relevantes. Tener un determinado apellido de cierto abolengo o prestigio da ventajas de acceso a la mejor educación, ventajas de ingreso a los mejores puestos de trabajo y a relaciones de negocios privilegiadas. Esta realidad varía según el país que se trate, pero ha sido significativa en países como Colombia, Perú o Chile. No obstante, la movilidad social en algunas naciones latinoamericanas en las últimas décadas le ha restado importancia a este factor, aunque persiste.

Al respecto, en cierto artículo se describe algunos rasgos de la discriminación social en Perú con base en el apellido. Su autor señala que mientras estudió en la Universidad San Marcos, sus compañeros eran casi todos como él, de piel oscura, descendientes de etnias indígenas provenientes de la zona andina y se apellidaban Huamán, Huamaní, Ticona, Ascona, Choque, Chate, Atoche, Calixto, Chahuayo.  Por contraste, cuando trabajó en la redacción del diario El Comercio, la gran mayoría de sus compañeros eran blancos, con apellidos como Pinilla, Miro Quesada, Del Solar, Cisneros, García Miró, Abramovich, Salem, Larrabure, Swayne. Estas dos realidades muy distintas lo hacía percibir su trabajo en el diario como si hubiera pasado de un país a otro diferente, pues ambos mundos sociales estaban desconectados, cuando no separados por un muro invisible pero bien delimitado. [1]

La concentración de apellidos en la educación y en determinadas actividades laborales presente en la sociedad peruana, refleja cierto grado de discriminación laboral por apellido de origen y también por sexo. Un estudio experimental, concentrado geográficamente en la zona metropolitana de Lima, corroboró esta hipótesis. El experimento consistió en enviar CV ficticios  a vacantes laborales reales en tres tipos de trabajo: profesionales, técnicos y no calificados, con foto y nivel de educación y competencias similares de los diferentes postulantes a los que solo diferenciaba el hecho de tener un apellido de origen blanco o andino y ser hombre o mujer. Los investigadores concluyeron que, para todo el conjunto de datos, los postulantes hombres recibieron de los potenciales empleadores 15% más llamadas que las mujeres. Por su parte, en cuanto a los apellidos de origen, los apellidos blancos recibieron 45% más llamadas que los correspondientes andinos. [2]

Enfocando el análisis no en el apellido sino en los nombres, en el caso de Colombia, una nación altamente estratificada socialmente, se ha documentado que tener un nombre atípico, es decir, poco común dentro del contexto de los nombres mayoritariamente elegidos para los hijos en Colombia, puede resultar un factor de discriminación laboral. Una investigación de la Universidad de Los Andes estableció que los nombres atípicos (7,7% del total de nombres de los habitantes de Bogotá) se presentan más entre los hijos de padres no escolarizados, los habitantes de las zonas rurales y las minorías étnicas, que entre los hijos de otros grupos sociales. En especial, no se encuentran estos nombres atípicos entre las personas pertenecientes a los estratos de altos ingresos. El estudio también llega a la conclusión que un efecto negativo de tener un nombre atípico se hace sentir sobre el salario devengado por el trabajador. Quien posee un nombre atípico tiene una alta probabilidad que su salario sea 10-20% menor al devengado por un colega, con el mismo trabajo o cargo, que no tiene nombre atípico, afectando más a los trabajadores escolarizados que a las no escolarizados. [3]

Cabe preguntarse si el hecho de llevar un determinado nombre genera igualmente algún tipo de discriminación laboral en otros países diferentes a los latinoamericanos y en los que existe una mayor igualdad y movilidad social. Los estudios realizados al respecto en países desarrollados parecen corroborar esta hipótesis. Algunos análisis  del mercado laboral de naciones europeas confirmaron que sí se presenta discriminación referida al nombre. En el Reino Unido es más fácil ser seleccionado para un trabajo si la persona tiene un nombre británico típico, como John, a si se llama Mohamed, mientras que en Alemania, un 14% de las personas con nombre alemán tiene más probabilidades de ser llamadas a un empleo que las personas con un nombre turco.

En Estados Unidos sucede que una alta proporción de nombres puestos a niños y niñas blancos, como Dustin, Logan, Emily o Katherine, son casi exclusivos de este grupo étnico y lo mismo ocurre con los nombres puestos a niños y niñas negros, como Jamal, DeShawn, Tiara o Shanice. Con base en esta diferencia, se han realizado experimentos donde se enviaron CV (falsos) idénticos en todos los aspectos, salvo el nombre de la persona, sin fotografía de identificación, a potenciales trabajos. En general, los resultados mostraron que los empleadores seleccionaron mayoritariamente para el cargo a individuos que ellos asumían tenía un nombre típico de una persona blanca, descartando al que percibían tenía uno típico de una persona negra.

En relación con lo anterior, el economista Steven Levitt, autor, junto a Stephen Dubner, de “Freakonomics” (2006, Ediciones B), señala al menos tres características relevantes del nombre como variable económica en los Estados Unidos. La primera es que la escogencia del nombre del hijo  por los padres está influenciada por su nivel de ingreso y nivel educativo. La segunda se refiere a que se producen cambios apreciables en la lista de los nombres más populares década tras década, de manera más pronunciada entre los nombres de las familias blancas de clase media, lo cual se explica en parte porque estas familias comienzan a elegir nombres populares entre las familias blancas de clase alta, probablemente como una forma sucedánea de asociar el nombre de sus hijos con el éxito económico. Una tercera característica es que la importancia económica del nombre explica en parte el aumento de solicitudes de cambios de nombre en los Estados Unidos. Levitt se pregunta al respecto si la antigua firma con nombre judío Zelman Moses habría tenido tanto éxito si no lo hubiese cambiado por su nombre anglosajón William Morris, con el que es conocida la famosa agencia literaria y de talentos.

Al parecer, los sesgos discriminatorios por raza, sexo, o con base exclusivamente en nombres, se han extendido hasta los programas de inteligencia artificial (IA). Al respecto, unos investigadores diseñaron una IA con una base de datos de más de 2 millones de palabras para el desarrollo de su aprendizaje automático, con el fin de analizar cómo esta asociaba distintas palabras. Resultó que la IA asociaba los nombres americanos de origen europeo con estímulos positivos con mayor probabilidad que los nombres afroamericanos. [4]

Resumiendo, el efecto de llevar un determinado nombre o apellido puede ser relativamente importante en la economía, particularmente en mercados como el laboral. Aunque solo se pueda describir y no evaluar el efecto económico de la discriminación por nombre o apellido, queda claro que a la economía convencional se le escapan factores sicológicos y sociológicos que pueden alterar la toma de decisiones de los agentes y el comportamiento de los mercados. La realización de experimentos para observar este y otros fenómenos no admitidos dentro de la economía convencional, habla de un cambio auspicioso en la manera como cada vez más investigadores encaran, tanto en la teoría como en la práctica, la realidad económica y sus infinitas complejidades.

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[1] El artículo es del periodista y escritor Marco Avilés, se llama “No soy tu cholo” (Ojo Público, 09/04/17). La discriminación de origen étnico es todavía marcada en Perú, tanto así, como lo comenta Avilés, que el peruano no percibe como inmigrante a un estadounidense o un europeo que llegue a radicarse en el país, pero si considera inmigrante a los propios peruanos que migran de los poblados de las sierras que llegan a instalarse en ciudades como Lima. Los cholos no solo han sido atávicamente discriminados, sino también, como lo comenta Hernando de Soto en “El otro Sendero” (1986, La oveja negra), en alguna oportunidad se quiso obstaculizar su inmigración sometiendo a consideración del congreso una ley que implicaba exigirles pasaporte. Al artículo de Avilés se accede desde el vínculo: http://ojo-publico.com/410/no-soy-tu-cholo.

[2] El estudio es de noviembre del 2015, se llama “¿Existe discriminación en el mercado laboral de Lima Metropolitana? Un análisis experimental”  realizado por Francisco Galarza, Liuba Kogan, Gustavo Yamada, de la Universidad del Pacífico, al cual se puede acceder desde el vínculo: http://190.216.182.148/bitstream/handle/11354/375/DD1115.pdf?sequence=1&isAllowed=y

[3] El estudio se llama “Las consecuencias económicas de un nombre atípico: el caso colombiano” realizado por Alejandro Gaviria, Carlos Medina y María del Mar Palau, publicado en 2010 en El Trimestre Económico, Vol. 77, No. 307, pp. 535-556.

[4] Esta investigación, publicada en  la revista Science de abril 2017, está referenciada en el artículo de Marta Peirano “Así es como la Inteligencia Artificial adquiere sesgos machistas y prejuicios raciales” en World Economic Forum del 18 de abril de 2017, al cual se puede acceder desde el vinculo: https://www.weforum.org/es/agenda/2017/04/una-inteligencia-artificial-racista-y-con-prejuicios-raciales-d03efbc4-7ecb-484f-9dc0-460f4aa35953

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UNA APROXIMACIÓN A LA TEORÍA DE LOS SENTIMIENTOS MORALES DE ADAM SMITH

Los economistas solemos darle a Adam Smith (1723-1790) el título de padre de la ciencia económica y el público informado lo reconoce como el promotor original de las ideas del libre mercado y las que fundamentan el capitalismo. Los economistas además sospechamos que muy pocos de la profesión en realidad hemos leído La riqueza de las naciones, el libro que, publicado en 1776, lo hizo famoso y por el cual se le cita profusamente en los libros de texto, de divulgación de la economía, en textos políticos y dentro de las teorías que conforman una parte del pensamiento liberal.

Se le presta menos atención al hecho de que el filósofo escocés, porque Adam Smith era esencialmente un filósofo, tiene una obra anterior a La riqueza de las naciones llamada Teoría de los sentimientos morales (TSM), publicada en 1759. Esta obra, que Smith reescribió varias veces, reeditándose las diferentes versiones durante su vida, representa una visión optimista de la naturaleza humana y de las implicaciones morales que derivan de esta naturaleza. La obra es tanto un tour de force con respecto a otros sistemas filosóficos del siglo XVIII, en particular los de Kant y Hume, así como un contraste respecto a las concepciones pesimistas de la naturaleza humana presentes en el pensamiento de Hobbes, Madeville e incluso Rousseau. Cuando se publicó suscitó interés entre los filósofos contemporáneos a Smith y actualmente sigue concitando el interés de filósofos y economistas.

En la TSM Smith expone como premisa que el sentido o el juicio moral de cualquier hombre no deviene de la razón, sino de la simpatía hacia los sentimientos de los demás, lo cual no es impedimento para que se use la razón para comprenderlos. La simpatía, la natural identificación con su dicha o desdicha, dolor o placer, asociada contemporáneamente con la empatía, supone ponerse en el lugar del otro, a objeto de intentar entender sus motivaciones. Una consecuencia de ello, como lo dice Smith, es que “…la simpatía no surge tanto de contemplar a la pasión, como de la situación que mueve a ésta” (TSM, Parte I, Cap. I, p. 34). Nuestra moralidad deriva entonces de la empatía y de la perspectiva asumida al respecto.

En este sentido, al ponerse en el lugar del otro, el individuo tiene una perspectiva de la situación que, siendo originada en el sentimiento del otro, le permite juzgarla desde el conocimiento de sí mismo, de lo que él sentiría y de la forma como actuaría en la misma situación. El individuo se convierte entonces en un espectador de sí mismo, desarrollando un nivel introspectivo de conciencia que se constituye en el mecanismo mental que aprueba o desaprueba y le pone frenos morales a su conducta. Como lo dice Smith: “Comenzamos, pues, a examinar nuestras propias pasiones y conductas, considerando lo que puedan parecer a los demás, pensando cómo las veríamos nosotros si estuviésemos en su situación. Fingimos ser espectadores de nuestro propio comportamiento, e intentamos imaginar el efecto que, bajo esta luz, produciría sobre nosotros. Tal es el único espejo con el que, en cierta medida, podemos a través de los ojos ajenos escudriñar la conveniencia de nuestra conducta” (TSM, Parte III, Cap. I, p. 86).

La simpatía mutua, compartida, constituye la base del sistema moral de la sociedad. Pero este sistema se zafa de una visión rígida, inflexible. La empatía exige que se evite congelar de una vez y para siempre la perspectiva, descarta que se le encapsule. De ello se desprende una concepción dinámica de los presupuestos éticos, pues estos no están completamente pre-establecidos. Las reglas morales se forman entonces inductivamente. No se aprueban o desaprueban las conductas porque al examinarlas estén de acuerdo con alguna regla general, sino se aprueban o desaprueban a partir de las circunstancias y de la experiencia.

Por lo demás, juzgar determinadas conductas desde una perspectiva de moralidad o de justicia, puede suponer juicios de diversos tipos, incluyendo los políticos. Tal suposición parece insinuarse en un párrafo de la obra donde Smith señala que: “Si viésemos a un hombre aclamar una bárbara e inmerecida ejecución que hubiese sido mandada por un insolente tirano, no nos sentiríamos culpables de grave despropósito al calificar de vicioso y moralmente perverso en alto grado ese comportamiento…[incluso] lo detestaríamos aún más que al tirano.” (TSM, Parte VII, Cap. III, p. 127). En otras palabras, las acciones de un gobernante ejerciendo su poder de forma tiránica y autoritaria resultan moralmente reprobables, pero sus acciones, siendo rechazadas, pueden ser vistas de forma más indulgente que la desaprobación y el desprecio recibido por quienes son sus adláteres o la parte de la sociedad que acepta su tiranía con aquiescencia. La historia política está plagada de ejemplos de ello.

De la TSM también derivan implicaciones relacionadas con la moralidad y la justicia de las acciones  económicas. Como lo sostiene el economista Geoffrey Hodgson, contrario a lo que generalmente se señala, Adam Smith considera a los individuos tanto orientados por motivos morales así como por el interés propio. Ideas de justicia y moralidad no solo se encuentran en la TSM sino también en La riqueza de las naciones. Para Smith, en consecuencia, ninguna sociedad debería prescindir de aprobar aquellas conductas económicas que estén basadas en reglas institucionales y en principios morales y de justicia.

En relación con lo anterior, a despecho de la opinión convencional, la TSM, que se refiere a motivaciones positivas como la simpatía, y La riqueza de las naciones, que privilegia el interés propio como base de la conducta económica, no son totalmente incompatibles. El pasaje más famoso de esta última obra asoma alguna de las ideas expuestas por Adam Smith en la primera y dice: No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de la que esperamos obtener el alimento, sino de su búsqueda de su propio interés, y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas (Libro Primero, Cap. II, p. 17). Una perspectiva que le hace ver a otro que entendemos y aprobamos su propio interés supone cierta empatía. También induce a pensar en acciones que, como lo subraya Smith: “…forman parte de un sistema de conducta que tiende a fomentar la felicidad del individuo o de la sociedad, [derivando hacia] cierta belleza de esa utilidad, no muy distinta a la que atribuimos a cualquier máquina bien trazada.” (TSM, Parte III, Cap. II, p. 132). A partir de este razonamiento se hace más inteligible los beneficios inherentes al mutuo intercambio condescendiente y la acción de una “mano invisible” que conduce al bienestar.

En síntesis, el tratamiento de la empatía como condición natural de la interacción de los individuos conforma la base del sistema moral de Adam Smith; un sistema que remite a la consideración de la perspectiva individual subyacente a esa empatía. La TSM tiene implicaciones filosóficas, pero también sicológicas, políticas y económicas. No ha estado exenta de crítica, pues, como lo sugiere el filósofo Eduardo Nicol, el concepto de la simpatía hacia los sentimientos de las personas se queda corto al soslayar que en realidad sentimos simpatía es hacia las personas mismas. Por otra parte, se cuestiona que la consideración de la simpatía como principio orientador de nuestra conducta parece conducir a una suerte de relativismo moral. Pero la verdad es que se sigue analizando y discutiendo en torno a la TSM y su estudio ha tomado auge en las últimas décadas, especialmente en relación con las aparentes contradicciones que guardan sus postulados con los señalados en La riqueza de las naciones. Dos siglos y medio después de haberse escrito, la TSM sigue siendo una obra relevante por los diferentes aspectos que ilumina para el debate.

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Nota bibliográfica

Esta entrada obviamente no se pudiera haber escrito sin haber realizado las lecturas correspondientes de la Teoría de los sentimientos morales, en una selección en español de partes de esta obra, publicada por el FCE en 2004, de la cual además me he aprovechado de la excelente introducción de Eduardo Nicol, y de La riqueza de las naciones, en una versión en español del FCE, publicada en 2006. Pero también se ha nutrido del artículo de Sam Fleischacker: Empatía y perspectiva: una concepción smithiana de la humanidad, publicado en la revista Estudios Públicos, N° 148, primavera 2017, pp. 7-37. La referencia a lo que sostiene Geoffrey Hodgson es su artículo: Economists Forgot Smith and Darwin’s Message: Society Cannot Function Without Moral Bonds, publicado en el portal web Evonomics, el 29 de junio de 2016.

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DOS PENSADORES LIBERALES, DOS ENSAYOS, DOS INTERPRETACIONES

Uno, Mario Vargas Llosa, es Nobel de Literatura y a sus 82 años sigue vivaz y lúcido en torno al debate literario, de las ideas y la actualidad global.  El otro, Amartya Sen, es Nobel de Economía, tiene 84 años y por su profundo y esclarecedor trabajo académico e intelectual, dotado de un gran sentido ético y humano, a menudo ha sido llamado “la conciencia de la profesión”. A los dos los he leído profusamente, con fruición, siempre me han nutrido intelectualmente.

A Mario Vargas Llosa se le disfruta más leyéndolo en su faceta de novelista que en su condición de ensayista, pero en esta segunda condición sus opiniones no dejan de ser interesantes. Curiosamente, algunas de sus novelas contienen frases impregnadas de un sentido de crítica social evidente, como la que pronuncia Zavalita en los comienzos de Conversación en la catedral: “En qué momento se jodió el Perú”. Una frase que a pesar de preguntar por un tiempo, es atemporal, no pierde vigencia, sigue siendo una admonición que de tanto en tanto vuelve a enseñorearse sobre cualquier nación latinoamericana que se desbarranca, se  anarquiza, a fuerza de tener malos gobiernos y sufrir sus pobres gentes todo tipo de injusticias sociales.

A Amartya Sen se le lee reflexivamente, pues el amplio bagaje de temas filosóficos, económicos, sociales que domina y trata, se vuelven una experiencia invaluable, no tanto de querer saber, sino de buscar comprender. Pero Amartya Sen, sin ser fácil, no es un autor oscuro, de esos que su arrogancia intelectual les gana la partida durante el proceso de exponer sus ideas en el papel. Es curioso que a menudo, como si fuera un fabulador, el economista indio intercala en sus escritos, en medio de ideas que pueden ser densas, cuentos e historias de su infancia, su adolescencia o juventud, de su familia, historias reales o de ficción de su país o de otros, relatos que sirven para ilustrar mejor sus argumentos y terminan enriqueciendo sus textos, sin perder un ápice de rigurosidad, de una manera que los hace más terrenales, más humanizados.

Estos dos Nobel, dos pensadores liberales en el mejor sentido de la palabra liberal, comparten, aunque desde posturas un poco distintas, su compromiso con la libertad, la democracia, los derechos humanos. Más allá de este compromiso, también comparten la visión de que la libertad es tanto un fin en sí misma así como un medio, un instrumento al servicio de la sociedad para alcanzar otros fines: la prosperidad económica, como lo ha recalcado en diversas oportunidades Vargas Llosa, especialmente referida a los países latinoamericanos, o el desarrollo humano, el relevante concepto aportado, junto con otros investigadores, por Amartya Sen, que ha resultado clave para medir, más que el progreso, el verdadero bienestar de la gente. El desarrollo humano tiene que ver con dotar a las personas de las capacidades que le garanticen tomar sus decisiones con autonomía. Para lograrlo, se debe asegurar su educación, salud, seguridad social, garantizar su libertad en la participación política y en las actividades económicas. Vista como una estrategia, se trata del reconocimiento de que lo mejor para alcanzar el desarrollo es invertir en la gente.

La relectura de sendos artículos de ambos me ha permitido, con licencias de mi parte, interpretar algunos de los argumentos que allí se exponen en relación al contexto político y económico venezolano del reciente pasado y del presente.  El de Vargas Llosa se llama “América Latina y la opción liberal” y fue publicado en 1992 en el libro “El Desafío Neoliberal”. El de Amartya Sen se titula “La razón antes que la identidad”, es una Romanes Lecture, pronunciada en la Universidad de Oxford en 1998 y publicada en la revista Letras Libres de noviembre del 2000.

El ensayo de Vargas Llosa explora, entre otros asuntos problemáticos, las contradicciones existentes entre la identificación latinoamericana con los ideales liberales, lo cual se ha expresado, desde el siglo XIX, en copiosas constituciones políticas casi perfectas, las cuales contrastan con una realidad social que desdice mucho de lo que aquellas refrendan en derechos y deberes. La gran mayoría de las repúblicas latinoamericanas tienen constituciones que describen o prescriben naciones ejemplares, con separación de poderes, tribunales probos, derechos políticos y económicos protegidos, libertades garantizadas.  Pero muy poco de este espíritu de las leyes, tan bien hilvanado en el papel hacia un proyecto social identificado con el progreso, se ha cumplido en la práctica ciudadana y en el ejercicio del poder por parte de los gobiernos, sean de corte dictatorial o democrático. En general, las constituciones de estas “repúblicas aéreas” terminan siendo inocuas frente a los intereses impuestos por grupos políticos y económicos privilegiados. La imposición de intereses públicos y privados al margen o por sobre las leyes, tienden a socavar procesos políticos y económicos que necesitan construirse y preservarse  de manera colectiva, mancomunada.

La revolución bolivariana, asentada sobre una de estas constituciones casi perfectas, calza muy bien con la contradicción expuesta. La realidad social palpable no es sino un pálido reflejo de lo promovido en la que llegó a llamarse “la mejor constitución del mundo”. Vivimos una realidad exacerbada de problemas atávicos y otros de más reciente cuño, donde los nuevos grupos privilegiados, con la relativa aquiescencia de las élites políticas y económicas de siempre, se las arreglaron para seguir aprovechando  y usufructuando de una estructura económica anclada en el rentismo. Las políticas adoptadas para sostener el rentismo, un modelo pernicioso como pocos, pero que retorna altos dividendos políticos, lastraron cualquier posibilidad de transformar efectivamente la estructura económica, las instituciones. La consecuencia ha sido un colapso económico y social de un enorme costo para la gran mayoría de la población, frustrando el desarrollo de la república dentro de un proceso de amplia participación colectiva.

Esta consecuencia tiende un hilo conductor con una de las interpretaciones que se sustraen del ensayo de Amartya Sen. Para Sen el conflicto social detrás de identidades en pugna, entendiendo identidad como un carácter de representación individual o colectiva basado en la religión, etnia, nacionalidad, cultura, educación, clase social, afinidad política, a menudo causa perjuicios que impiden o limitan la identificación del ciudadano con la republica vista como un bien social, basada en un proyecto común. Cuando un conflicto de identidades se radicaliza y una identidad particular domina sobre otras, una promovida por un líder, una parcela política, una ideología, la sociedad deriva hacia un “ellos y nosotros”. Se convierte en una identidad beligerante, excluyente, una, subraya Sen, donde: “La misma gente repentinamente se hace distinta”. En estos casos se pierde el reconocimiento de que identidades compartidas y no compartidas forman juntas un sustrato común. Esta pérdida supone la marginación de los ciudadanos y grupos de la población del ejercicio de la razón pública, entendida esta como la participación informada y razonada en los asuntos públicos, el “gobierno mediante la discusión”. El conflicto de identidades, que privilegia la identificación con una única identidad para la toma de decisiones públicas, anulando, restringiendo o coaccionando a las demás, puede provocar, a la larga, un salto al vacío de la sociedad en cuestión, prefigurando el colapso, la violencia o la anomia.

Cabe resaltar que en Venezuela, por dos décadas, se ha tenido un doloroso ejemplo de ello, pues la radicalización de la identidad política que le dio forma a la revolución bolivariana terminó distanciando abruptamente a los venezolanos en sus posibilidades de participar colectivamente en un proyecto común, genuinamente inclusivo. La participación de los ciudadanos y grupos con otra identificación política quedó conculcada o muy limitada de formar parte del proyecto promovido por la revolución bolivariana en el poder. Dentro de la revolución todo fuera de la revolución nada. Ellos y nosotros dejó de ser una amenaza de división política para convertirse en una fractura social, una que será difícil reparar, pues ha quedado marcada por un gran déficit de confianza y de cooperación necesarios para la acción colectiva efectiva.

Las dimensiones de la obra intelectual y académica de Mario Vargas Llosa y Amartya Sen, constituyen un fondo de ideas originales, meditadas, con las cuales cabe explicar algunas de las construcciones teóricas y prácticas sociales relevantes del pasado y del presente, desde una perspectiva amplia, plural. Son ideas cuya problemática y criticismo estos pensadores liberales vuelven transparentes y abiertas al debate permanente. Por ello merecen ser leídas, estudiadas y en lo posible interpretadas.

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