AKENATÓN Y LOS JUEGOS DE PODER

AkhenatónLa lectura de “Akhenatón, el rey hereje”, una novela de 1985 del Nobel de Literatura egipcio Naguib Mahfuz, me ha permitido un interesante acercamiento al mundo de los faraones del Antiguo Egipto. La novela versa sobre un joven escribano que decide plasmar la verdad de la vida del controversial rey Akenatón, también conocido como Amenofis IV, quien gobernó en torno a 1353-1336 A.C., fue esposo de la reina Nefertiti y hermano de Tutankamón. El joven escribano se da a la tarea de conversar con sacerdotes, generales, consejeros, allegados familiares y otras personas vinculadas a su reinado, incluyendo al final una reunión con Nefertiti. La novela entrega un abigarrado calidoscopio de su vida, sus acciones, y en donde ninguno de los personajes deja de tomar partido y emitir juicios en relación con la historia que cuentan.

Desde que era un príncipe, Akenatón se desligó del culto a Amón, el dios principal dentro del abanico de dioses que adoraban los egipcios. En sustitución de éste comenzó privilegiando el culto a Atón, el dios-sol, para luego derivar hacia una suerte de monoteísmo, el primero del que se tenga noticias. Pasó a adorar, pues, a un dios único, que le hablaba directamente de paz y de amor. Una vez hecho rey, además de exigir la adhesión al nuevo dios entre su corte real, intentó convertir su creencia en un culto popular, promoviéndolo dentro del pueblo llano. Esta imposición significó un enfrentamiento abierto con la casta sacerdotal oficial, que perdió sus prerrogativas, y un conflicto velado con los militares, alarmados por la posibilidad de que su fanatismo religioso le impidiera ejercer el poder de manera firme y causara el debilitamiento del imperio egipcio.

Para promover mejor el culto al dios único, Akenatón instituyó reformas religiosas en la dirección de eliminar los demás cultos a los otros dioses, y reformas políticas, que lo llevaron a construir un nuevo centro político-religioso alrededor de una nueva ciudad, llamada Akhetatón o Ajetatón, desplazando a la capital tradicional, Tebas, como centro neurálgico del poder en el Antiguo Egipto. La construcción de esta ciudad representó cambios en el estilo arquitectónico de cierta importancia y una nueva visión artística, que ha sido tildada como representativa de cierto humanismo e intimismo.

Finalmente, y aquí me pliego a la versión de Mahfuz de los hechos históricos, Akenatón fue paulatinamente abandonado por su séquito real y por su pueblo, temerosos de que se desatara una guerra civil. Acusado de hereje (creía en un dios único), loco (ese dios le hablaba únicamente a él) y débil (pensaba que con amor y paz desaparecerían las guerras), Akenatón fue hostigado por sacerdotes y militares hasta hacerle abandonar sus funciones. Recluido en su palacio, muere de alguna enfermedad o, según algunos de sus allegados, asesinado vilmente. Posterior a su muerte, es restablecido completamente el culto a Amón y Egipto pasa a ser gobernada por Tutankamón, quien hace descansar la administración del imperio en el consejero real Ay, padre de Nefertiti, y el manejo del ejército y de las campañas militares en el general Horemheb. Ambos funcionarios habían estado muy cerca del poder durante el gobierno de Akenatón.

Lo más interesante de la historia de Akenatón es que Mahfuz va desplegando conforme narra los hechos, a partir de las visiones particulares de sus protagonistas, un punto de vista sobre los entresijos del poder que, a pesar de estar hablando de hechos históricos sucedidos hace mucho tiempo, adquieren un matiz moderno. Esto es así en la medida que el tipo de luchas políticas que se plantean en ese tablero de ajedrez de un reinado egipcio siguen teniendo plena vigencia. Estos entresijos del poder se observan en la actualidad cuando se analizan las acciones de cualquier gobierno poderoso o débil, en su política interior o en relación con el orden geopolítico mundial.

Aunque en términos históricos modernos la separación entre Estado y religión es una característica común a la mayoría de los gobiernos del mundo, punto diferenciador con respecto a los hechos que narra Mahfuz, la introducción de reformas políticas y religiosas y sus consecuencias sí emparenta con los sucesos que generalmente están presentes en cualquier proceso de reforma y, de forma mucho más amplia, en las revoluciones de cualquier signo político, económico o social. Esto es así porque con las reformas y en mayor medida con las revoluciones, se desatan y activan múltiples fuerzas, bien a favor, bien en contra, de los propósitos reformistas o revolucionarios.

Por esta razón, no resulta extraño que a lo largo de la historia reformas y revoluciones terminen casi siempre desbordando los ímpetus de poderosas fuerzas contrarias, desembocando en violencia o guerras civiles fratricidas. En ocasiones los objetivos de las reformas y revoluciones son traicionados por los que se allegaron al poder promoviendo cambios, generalmente en nombre de la justicia y la igualdad social. Algunas terminan subsumidas por tremendas contradicciones que las conducen hacia una patética deriva. Y aún otras reflejan un patrón gatopardiano, donde parece que cambió todo, pero en el fondo cambió poca cosa o no cambió nada.

Volviendo a la novela, el escribano va elaborando un cuadro íntegro, a partir de lo que le conversan quienes estuvieron cerca de Akenatón y vivieron esos hechos, revelando la sorda lucha y los torcidos vericuetos por donde avanza el afán de poder, la necesidad de proteger privilegios e intereses en nombre del apego y la tradición a los dioses o al deber y el amor patriótico al imperio, al destino de la nación más poderosa del mundo, según la percibían los egipcios de la época. Unos personajes se pliegan y siguen a Akenatón, bien por lealtad, bien por creer en los cambios, mientras otros oponen veladamente resistencia y trabajan en la sombra para hacerlo fracasar. Pero no necesariamente los apoyos y las pugnas son lo que parecen. Mahfuz pone de manifiesto con maestría que en cualquier juego de poder aparecen sutilezas, segundas intenciones imperceptibles, que solo se descubren, si es que se descubren, cuando el drama ha culminado, si es que culmina.

Por ello, una figura resaltante de este drama histórico no es otra que la reina Nefertiti. De gran belleza e inteligencia, Nefertiti se apegó al culto del dios único de su esposo, al mismo tiempo que fue ocupando espacios cada vez más importantes en el manejo y la administración del reino, llegando a ser el poder tras el trono o quizás el poder en sí mismo de esta etapa del Egipto faraónico. Su culto al dios único se entremezcla con la promoción del culto al faraón y a su propia persona, lo cual estimulaba con la puesta en escena de representaciones monumentales de sus vidas, incluso de su intimidad. Aún se discute si Nefertiti tomó paulatinamente las riendas del reino por amor a su esposo, al que se le percibía como un gobernante raro y débil, por creer en los cambios religiosos y políticos, o sencillamente por llevar una agenda política propia, en su afán de acumular más poder. Sea una u otra razón, Nefertiti terminó abandonando a Akenatón. Encerrada en su palacio, logró vivir un tiempo más que él, para observar cómo se voltearon las tornas y se imponía nuevamente la tradición, rumiando con pena todo lo que pudo ser y no fue.

Los juegos de poder son parte del drama humano desde los albores de la historia. Incluso hay investigadores que los han observado y estudiado entre algunos grupos de primates superiores. Desde el punto de vista económico, la inicial interrelación entre el sedentarismo de las sociedades, la división del trabajo y la aparición de recursos excedentes, constituyeron el punto de partida para que se activara la búsqueda del dominio, apropiación y control de estos excedentes por parte de uno o algunos grupos sociales imponiéndose sobre otros. Esta es la historia detrás de los imperios antiguos, satrapías, ciudades-estado, monarquías y es una razón que justifica considerar a la economía como economía política. Naguib Mahfuz ha pintado un cuadro muy interesante, de lectura muy amena, en torno a la figura de un rey egipcio y los juegos de poder que desató con sus acciones y la de otros protagonistas de un drama histórico singular.

 

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LOS CAMBIOS EN EL MERCADO FINANCIERO Y UNA PELÍCULA FUTURISTA

bolsa-de-valoresSe me ha ocurrido un guión para una película futurista. Corre el año 2044 y el mercado financiero global es dominado por dos agentes que libran una dura batalla por el control de cada acción, cada instrumento financiero. Cada décima de punto de rentabilidad y de nivel de riesgo está en juego. Estos agentes son, por un lado, mil millones de inversionistas chinos y, por otro, media docena de robots que hacen el trabajo de tomar decisiones por los demás inversionistas. La volatilidad de las bolsas es grande, las burbujas especulativas están a la orden del día y las finanzas y la paz mundiales penden de un hilo. Los problemas se ponen más difíciles porque los robots logran modificar sin ser detectados sus algoritmos de decisión, convirtiéndose en depredadores del mercado, terminators financieros. Ello obliga a que los gobiernos occidentales y Wall Street decidan utilizar un ejército de monos entrenados como brokers, para neutralizar los ataques especulativos de los robots y de los inversionistas chinos. Pero no contaban con que surgiera un líder entre estos simios, con un plan capaz de alterar completamente el dominio del orden financiero y quizás del planeta.[1]

¿Le resulta algo extraño mi argumento? Pues a mí también, la verdad. Pero permítame que le cuente algo de algunos de los cambios que en la última década se han producido en el mundo financiero. Le contaré sobre dos disrupciones que tienen y tendrán consecuencias relevantes en el comportamiento de los mercados financieros en el futuro inmediato, en el corto, mediano y largo plazo. Una de estas disrupciones se centra en la emergencia de millones de pequeños inversionistas localizados en las bolsas chinas, por ahora. La otra disrupción se trata del uso de robots para la toma de decisiones financieras al servicio de los más importantes fondos de inversión, operando en las principales bolsas del mundo. También le cuento de un experimento donde se enseña a monos a utilizar el dinero. Sobre este experimento cabe una especulación imaginaria. Existe la probabilidad en un futuro de que los simios aprendan a manejar el dinero y a invertir en las bolsas de valores. Cuando termine de leer mi exposición, le propongo que vuelva al primer párrafo y relea mi guión para una película futurista, le aseguro que ya no le resultará tan extraño.

En la novela “Cambios” (2010, Seix Barral) del escritor chino Mo Yan, uno asiste a una ola de cambios personales en la vida del protagonista (un alter ego del propio Mo Yan) y de otros personajes que tienen como contexto, como fondo histórico, los impresionantes cambios de China a partir de finales de los años setenta, cuando inicia su viraje hacia una economía de mercado regida políticamente por un gobierno comunista. Mo Yan ejemplifica con su novela un espíritu disruptivo de casi todo orden, ocurrido en un parpadeo del tiempo de esta sociedad milenaria.

Y estos cambios se han acelerado de una manera vertiginosa y, sin duda, perturbadora. Una de estas disrupciones  se refiere a la dinámica de las bolsas de valores de China: Shangai y Shenzen. Operando apenas desde 1990, este mercado bursátil ya cuenta con alrededor de 100 millones de inversionistas, una cantidad superior a los 88 millones de miembros del partido comunista chino.[2] La mayoría de ellos son pequeños inversionistas, sostenidos en la promesa de que el mercado revalorizará de manera recurrente los activos. Aunque esta revalorización dependerá de complejas variables del entorno macroeconómico y del comportamiento de los propios mercados bursátiles, tanto los pequeños inversionistas así como el gobierno, que ha anunciado una “edad de oro” para estas inversiones, están convencidos que la tendencia al alza del mercado bursátil se mantendrá por décadas, a pesar de la ralentización evidente del crecimiento económico y del incremento de la alta volatilidad intrínseca de ese mercado.

En lo inmediato, las perturbaciones del mercado bursátil chino de enero del 2016 revelaron algo de las profundas consecuencias que tendría para las finanzas y la economía mundiales el hecho de que sus bolsas crezcan apuntaladas en millones de inversionistas inexpertos en finanzas y estén deficientemente reguladas por su gobierno. Por lo demás, el desconocimiento de las finanzas de los inversionistas chinos los lleva a cometer típicos sesgos cognitivos, especialmente en cuanto a la percepción del riesgo, como los señalados dentro del campo de las finanzas conductuales, donde se asume que la sicología del inversionista, sus emociones e intuiciones, se abren paso entre los intersticios de su comportamiento racional decisor.

La otra disrupción se refiere al cambio en la última década de la operatividad de los mercados financieros globales. Actualmente, 55% de las decisiones en Wall Street y cerca del 40% de las correspondientes a las bolsas europeas son tomadas por computadoras-robot, dotadas de software con complejos algoritmos y usando big data. Los más importantes fondos de inversiones globales utilizan estos robots. Los principales argumentos a favor de su uso son dos. El primero se relaciona con la ventaja de los robots de tomar decisiones en cuestión de milisegundos, de manera que su capacidad de reacción ante modificaciones en el comportamiento de los mercados bursátiles es inmediata. El segundo argumento tiene que ver con que los robots no sienten emociones, no se cansan o cambian de estado de ánimo y, por tanto, no cometen sesgos cognitivos, evitando errores de decisión a la que son propensos hasta los brokers más capacitados.

Al igual que en el caso de los millones de pequeños inversionistas chinos, las consecuencias a corto, mediano y largo plazo de la operación de los mercados financieros basada en robots o autómatas son impredecibles. Aunque en promedio los robots obtienen buenos resultados de rentabilidad para sus clientes, una crítica frecuente es que su rápida capacidad de reacción también implica una alta probabilidad de perturbar el mercado, de volverlo más volátil. De hecho, el 06 de mayo del 2010 un robot de un fondo de inversión vendió 75.000 contratos de futuro por valor de 4.100 millones de dólares sin que el movimiento fuera detectado rápidamente, provocando una incertidumbre entre los inversionistas que generó una caída repentina de la Bolsa de Nueva York de 1000 puntos (alrededor del 9% de baja) y  una alta inestabilidad del mercado por varios minutos, a partir de los cuales el Dow Jones comenzó a recuperarse. El punto es que la capacidad de comprensión de lo que estaba pasando y la consecuente reacción de los inversionistas “no robots” estuvo lejos de igualar la rapidez de la toma de decisiones de los autómatas.[3]

En un plano netamente especulativo, se ha dicho que los robots podrían desarrollar la capacidad de auto-programarse, con independencia de sus programadores y no siendo detectados por ellos. Podría surgir, pues, un grupo de robots pensantes que pudieran cooperar entre sí en función ya no de sus clientes sino de sus propios fines. Otra posibilidad es que en vez de cooperar compitan, desencadenando una guerra bursátil,  librando una lucha sin cuartel por la supremacía en el sistema financiero global.[4]

Por otra parte, desde hace varios años Laurie Santos y Keith Chen, de la Universidad de Yale, dirigen experimentos con monos capuchinos, consistentes en intentar hacerles entender nociones básicas de cómo funciona el dinero y cómo administrarlo. Los experimentos se basan en la entrega de dinero a los capuchinos para luego ofrecerles golosinas a cambio. Los capuchinos no solo comprendieron bien la lógica detrás del intercambio monetario, sino también parecieron comprender que se gasta más cuando suben los precios (menos golosinas por la misma cantidad de dinero).[5]

En otras pruebas, la primera consistía en que el investigador le enseñaba dos uvas al mono. Según una moneda cayera cara o sello se le entregaba una uva si el resultado era desfavorable para el mono y una adicional si el resultado era favorable. En la segunda prueba se le enseñaba dos uvas. Se le entregaba una uva si el resultado del lanzamiento era desfavorable y las dos si era favorable. En ambos casos recibía una uva si perdía, pero cierta intuición de aversión a las pérdidas hacía que el primate prefiriera participar en la primera prueba, donde se le mostraba una sola uva y con seguridad se la entregaban. Evitaba la segunda prueba porque la aversión a la pérdida se hacía manifiesta cuando le mostraban la segunda uva. Los investigadores señalan que estos resultados revelan que los simios del experimento muestran conductas racionales, así como algunas “irracionales” en su toma de decisiones financieras, de forma similar a como lo hacen en experimentos controlados las personas.

En conclusión, los cambios y disrupciones en los mercados financieros no han sido nunca completamente predecibles, pues siempre hay un amplio margen para especular sobre sus consecuencias, especialmente en el mediano y largo plazo. El sostenimiento de la estabilidad del sistema financiero global tiene una dimensión económica, pero, sin duda, también tiene una importante dimensión política y tecnológica. Si estas disrupciones pueden llegar a constituir un peligro, una amenaza, es porque sus implicaciones son de todo tipo, incluso éticas, sobre decisiones, libre albedrío, dominio y poder. Suficiente material para hacer un guión de una película futurista.

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[1]  Es fácil entrever que este guión futurista es tributario de películas como Yo, robot (2004) y El origen del planeta de los simios (2011). Es menos evidente su relación con una rara película llamada Pi, el orden del caos (1998), en la que un matemático está a punto de descubrir un único algoritmo que rige las operaciones bursátiles, por lo cual es acosado por una poderosa empresa de Wall Street y una secta judía.

[2] La noticia corresponde al diario El País, del día 30 de enero de 2016, a la que se puede acceder desde el siguiente vínculo: http://economia.elpais.com/economia/2016/01/30/actualidad/1454154629_610560.html

[3] Esta información sobre los robots inversionistas se puede ampliar leyendo un artículo de la página web Mercado Financiero, al que se puede acceder desde el vínculo: http://www.europapress.es/economia/noticia-robots-depredadores-mercados-controlan-economia-mundial-20150201080711.html

[4] Esta amenaza está en sintonía con las advertencias que ha realizado el famoso científico británico Stephen Hawking, para quien el desarrollo en un futuro de la inteligencia artificial podría suponer máquinas que se rediseñan a sí mismas, contando con una inteligencia superior a la de los seres humanos, con la que éstos no podrán competir y serán superados. A estos comentarios se puede acceder desde el siguiente vínculo: http://www.bbc.com/mundo/ultimas_noticias/2014/12/141202_ultnot_hawking_inteligencia_artificial_riesgo_humanidad_egn

[5] Los experimentos con los monos capuchinos para enseñarles a manejar el dinero se pueden ver en la conferencia TED de Laurie Santos disponible en el siguiente vínculo: https://www.ted.com/talks/laurie_santos?language=es

 

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ANATOMÍA DE UNA REVOLUCIÓN FRACASADA: APUNTES DE LA LECTURA DE “EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS”

el hombre que amaba a los perrosTengo para mí que la famosa oración de Tolstoi en su “Ana Karenina”: “Todas las familias felices se parecen, las familias infelices lo son cada una a su propia manera” puede servir, salvando las distancias, de metáfora para explicar los éxitos y fracasos de algunas revoluciones políticas y económicas a lo largo del tiempo. Sería suponer algo como esto: todas las revoluciones exitosas se parecen, las revoluciones fracasadas lo son cada una a su propia manera. Dejando al margen los elementos comunes que están detrás del éxito de algunas revoluciones, uno pasa a indagar sobre las diferentes vías que toma el fracaso de otras. Estas diferencias hay que buscarlas desde el entendimiento del contexto socio-histórico muy particular que cada revolución enfrenta.

En este sentido, si hablamos de la revolución bolivariana, se puede discernir que hacia finales del siglo XX en Venezuela existían condiciones objetivas para que emergiera un movimiento de izquierda contrario a los denostados partidos políticos tradicionales y al margen de la acción (o inacción) de las élites económicas, haciéndose con el poder por la vía democrática. Sin embargo, se vuelve más difícil cribar en la arena de las causas del por qué esta revolución se convierte, un poco más de tres lustros después, en una suerte de peso muerto, moviéndose inercialmente, sin la fuerza inicial que la caracterizó, causando mucho daño político y económico a la sociedad venezolana.

Una explicación plausible y recurrente detrás del fracaso de la revolución bolivariana resulta paradójica. Es la paradoja que encierra el hecho de que fue un proceso que se benefició muchos años de unas condiciones económicas muy favorables, especialmente por haber recibido el gobierno cuantiosos ingresos fiscales, lo cual hubiera permitido, con las políticas adecuadas, sustituir el modelo capitalista-rentístico subyacente a la estructura económica venezolana, que ya mostraba signos de colapso, por un modelo basado en la productividad, verdadera palanca del crecimiento económico sostenido.

El modelo transformador no se implementó, la revolución económica no ocurrió, y, muy por lo contrario, se exacerbó hasta sus límites la dependencia al modelo capitalista-rentístico colapsado, creando toda suerte de distorsiones a las actividades económicas. Como resultado de ello, se ha producido una significativa involución del nivel de ingreso y de la calidad de vida de la mayoría de los venezolanos. A la vista de los pésimos resultados económicos obtenidos, este fracaso ha sido inversamente proporcional a las enormes posibilidades y potencialidades de recursos con los que se contaba para impulsar un modelo económico más sano y productivo. He aquí, pues, una breve anatomía del fracaso de la revolución bolivariana.

Estaba pensando en las particularidades del fracaso de la revolución bolivariana mientras leía el soberbio ejercicio de imaginación que es la novela “El hombre que amaba a los perros” (2009, Tusquets Editores), del escritor cubano Leonardo Padura. Y en la lectura de esta novela encuentro pasajes que hacen pensar en las características comunes de las revoluciones fracasadas, de manera que, más allá de lo señalado inicialmente, pareciera que también algunas revoluciones pueden alinearse un poco en ciertas identidades.

La novela de Padura trata sobre un escritor cubano viviendo en la isla que decide narrar las luchas políticas y el exilio hasta su muerte de León Trotski, los avatares de su asesino, Ramón Mercader, y los propios dilemas del escritor en la Cuba revolucionaria. En la novela se destacan algunos de los problemas confrontados por la revolución bolchevique. Lo sugerente de las anotaciones de Padura al respecto es que no solo terminan mostrando algunas de las costuras por donde comenzó a deshilacharse esta revolución, sino que también se pueden atisbar los mismos problemas en la revolución cubana y pueden incluso extenderse, ya al margen de la obra, hasta el caso de la revolución bolivariana.

Un paralelismo se hace evidente cuando el autor pone en palabras de Trotski una sentencia moralista apuntando a que el revolucionario verdadero empieza a serlo cuando subordina su ambición personal a una idea, cuando deja atrás su propio interés para asumir el espíritu de sacrificio por la causa. Demás está decir que Trotski era consciente de la desviación sufrida por la revolución bolchevique, pues muchos camaradas en el poder prefirieron anteponer sus ambiciones personales al logro de los objetivos revolucionarios. Estas desviaciones se han repetido casi al calco tanto en la revolución cubana así como en la bolivariana. En ambos casos, la inmoralidad de las apetencias personales, impregnadas de corrupción, ha carcomido la credibilidad de esas revoluciones y ha mostrado una de las peores facetas de los revolucionarios en el poder.[1]

Otro paralelismo se deja al descubierto cuando Trotski reflexiona sobre el proceso antidemocrático en que se convirtió la revolución bolchevique, pero esta vez asumiendo parte de la culpa, pues estando él en el poder tomó decisiones que perjudicaron la democracia. Como lo escribe Padura: “Sobre su espalda cargaba la responsabilidad de haber destituido a líderes sindicales, de haber borrado la democracia de las organizaciones obreras, y contribuido a convertirlas en las entidades amorfas que ahora utilizaban a placer los burócratas estalinistas para cimentar su hegemonía. Él, como parte del aparato del poder, también había contribuido a asesinar la democracia que, desde la oposición, ahora reclamaba”.

Este tipo de acciones antidemocráticas también han sido frecuentes tanto en la revolución cubana así como en la bolivariana, siendo justificadas como una manera de frenar los contrapesos de las organizaciones que no se pliegan completamente al ideal revolucionario, que reclaman tener sus propios objetivos y su propio espacio en la sociedad. Y este freno ha conducido a la represión de estamentos y movimientos sociales, como la prensa, las universidades y los sindicatos, que suponen una amenaza para la revolución, e igualmente a la confiscación de expresiones de la voluntad popular contrarias a la revolución. Padura desnuda en su novela esta contradicción haciendo pensar a Trotski en estos términos: “La dictadura proletaria debía eliminar a las clases explotadoras, pero ¿también reprimir a los trabajadores? La disyuntiva había resultado dramática y maniquea: no era posible permitir la expresión de la voluntad popular, pues ésta podría revertir el proceso mismo. Pero la abolición de esa voluntad privaba al gobierno bolchevique de su legitimidad esencial: llegado el momento en que las masas dejaban de creer, se impuso la necesidad de hacerlas creer por la fuerza. Y aplicaron la fuerza”.

Es sabido que los problemas confrontados por estas revoluciones no necesariamente han provocado el abandono o la pérdida de su poder político. Las revoluciones fracasadas pueden perdurar por mucho tiempo, incluso si se cumple la sentencia trotskista en el sentido que las masas dejan de creer en ellas, porque los mecanismos políticos y económicos perversos que terminan orientando su acción, con el único fin de enquistarse en el poder, se sostienen con relativa independencia de los perjuicios y de los sufrimientos que puedan seguir causando en la sociedad.[2]

La dictadura bolchevique duró 70 años, la revolución cubana tiene 57 años, el gobierno bolivariano cuenta 17 años. Y uno podría estar tentado a extrapolar la larga permanencia en el poder de los revolucionarios bolcheviques y cubanos al caso venezolano. Pero aquí si hay una diferencia importante y se diría que insalvable de contexto. Chávez y su revolución bolivariana apostaron, creyendo o no en ello, a legitimarse en el poder manteniendo los mecanismos democráticos de la elección, aunque controlando las instituciones para participar con ventaja. Sin embargo, la mayoritaria expresión de la voluntad popular exigiendo un cambio, reflejada en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre del 2015, lo cual marca un viraje en la conducción política del país, apuntan al final más temprano que tarde para la revolución bolivariana.[3] Espero pues que esta revolución fracasada, a diferencia de la bolchevique y la cubana, lo sea, como las familias infelices de Tolstoi, a su propia manera: un experimento prematuramente acabado.

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[1] En la novela de George Orwell “Rebelión en la granja” se plantea esta desviación mostrando el contraste entre la ostentación y opulencia en la que viven los jefes revolucionarios, los cerdos, frente a las carencias que sufren el resto de los animales. En definitiva, como se dice con cierta ironía en la novela: todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.

[2] Un caso paradójico es la revolución china, pues la decisión del partido comunista chino de transformar el fracasado modelo económico colectivista por un relativamente exitoso modelo capitalista, no les significó renunciar a mantener el poder político, poder que ejercen férreamente, conculcando aún muchas libertades políticas en contraposición a las libertades económicas que permiten.

[3] Desde que Chávez asumió el poder y hasta su muerte se realizaron en Venezuela elecciones presidenciales, referendos constituyentes, elecciones de gobernadores y alcaldes, referendos revocatorios, elecciones parlamentarias. Posterior a su muerte se han realizado una elección presidencial, una elección de gobernadores y alcaldes y la elección parlamentaria del 06 de diciembre de 2015. La oposición triunfó en las pasadas elecciones parlamentarias consiguiendo 112 escaños de los 167 en disputa, rompiendo la hegemonía que había mantenido el gobierno bolivariano ganando la totalidad de elecciones salvo la del referendo para la reforma constitucional del 2007. Esta mayoría de dos tercios de la oposición supone un cambio político importante, pues la nueva Asamblea Nacional estará en capacidad de legislar y proponer reformas orientadas sobre todo a superar la aguda crisis económica que padece Venezuela.

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