UNA APROXIMACIÓN A LA TEORÍA DE LOS SENTIMIENTOS MORALES DE ADAM SMITH

Los economistas solemos darle a Adam Smith (1723-1790) el título de padre de la ciencia económica y el público informado lo reconoce como el promotor original de las ideas del libre mercado y las que fundamentan el capitalismo. Los economistas además sospechamos que muy pocos de la profesión en realidad hemos leído La riqueza de las naciones, el libro que, publicado en 1776, lo hizo famoso y por el cual se le cita profusamente en los libros de texto, de divulgación de la economía, en textos políticos y dentro de las teorías que conforman una parte del pensamiento liberal.

Se le presta menos atención al hecho de que el filósofo escocés, porque Adam Smith era esencialmente un filósofo, tiene una obra anterior a La riqueza de las naciones llamada Teoría de los sentimientos morales (TSM), publicada en 1759. Esta obra, que Smith reescribió varias veces, reeditándose las diferentes versiones durante su vida, representa una visión optimista de la naturaleza humana y de las implicaciones morales que derivan de esta naturaleza. La obra es tanto un tour de force con respecto a otros sistemas filosóficos del siglo XVIII, en particular los de Kant y Hume, así como un contraste respecto a las concepciones pesimistas de la naturaleza humana presentes en el pensamiento de Hobbes, Madeville e incluso Rousseau. Cuando se publicó suscitó interés entre los filósofos contemporáneos a Smith y actualmente sigue concitando el interés de filósofos y economistas.

En la TSM Smith expone como premisa que el sentido o el juicio moral de cualquier hombre no deviene de la razón, sino de la simpatía hacia los sentimientos de los demás, lo cual no es impedimento para que se use la razón para comprenderlos. La simpatía, la natural identificación con su dicha o desdicha, dolor o placer, asociada contemporáneamente con la empatía, supone ponerse en el lugar del otro, a objeto de intentar entender sus motivaciones. Una consecuencia de ello, como lo dice Smith, es que “…la simpatía no surge tanto de contemplar a la pasión, como de la situación que mueve a ésta” (TSM, Parte I, Cap. I, p. 34). Nuestra moralidad deriva entonces de la empatía y de la perspectiva asumida al respecto.

En este sentido, al ponerse en el lugar del otro, el individuo tiene una perspectiva de la situación que, siendo originada en el sentimiento del otro, le permite juzgarla desde el conocimiento de sí mismo, de lo que él sentiría y de la forma como actuaría en la misma situación. El individuo se convierte entonces en un espectador de sí mismo, desarrollando un nivel introspectivo de conciencia que se constituye en el mecanismo mental que aprueba o desaprueba y le pone frenos morales a su conducta. Como lo dice Smith: “Comenzamos, pues, a examinar nuestras propias pasiones y conductas, considerando lo que puedan parecer a los demás, pensando cómo las veríamos nosotros si estuviésemos en su situación. Fingimos ser espectadores de nuestro propio comportamiento, e intentamos imaginar el efecto que, bajo esta luz, produciría sobre nosotros. Tal es el único espejo con el que, en cierta medida, podemos a través de los ojos ajenos escudriñar la conveniencia de nuestra conducta” (TSM, Parte III, Cap. I, p. 86).

La simpatía mutua, compartida, constituye la base del sistema moral de la sociedad. Pero este sistema se zafa de una visión rígida, inflexible. La empatía exige que se evite congelar de una vez y para siempre la perspectiva, descarta que se le encapsule. De ello se desprende una concepción dinámica de los presupuestos éticos, pues estos no están completamente pre-establecidos. Las reglas morales se forman entonces inductivamente. No se aprueban o desaprueban las conductas porque al examinarlas estén de acuerdo con alguna regla general, sino se aprueban o desaprueban a partir de las circunstancias y de la experiencia.

Por lo demás, juzgar determinadas conductas desde una perspectiva de moralidad o de justicia, puede suponer juicios de diversos tipos, incluyendo los políticos. Tal suposición parece insinuarse en un párrafo de la obra donde Smith señala que: “Si viésemos a un hombre aclamar una bárbara e inmerecida ejecución que hubiese sido mandada por un insolente tirano, no nos sentiríamos culpables de grave despropósito al calificar de vicioso y moralmente perverso en alto grado ese comportamiento…[incluso] lo detestaríamos aún más que al tirano.” (TSM, Parte VII, Cap. III, p. 127). En otras palabras, las acciones de un gobernante ejerciendo su poder de forma tiránica y autoritaria resultan moralmente reprobables, pero sus acciones, siendo rechazadas, pueden ser vistas de forma más indulgente que la desaprobación y el desprecio recibido por quienes son sus adláteres o la parte de la sociedad que acepta su tiranía con aquiescencia. La historia política está plagada de ejemplos de ello.

De la TSM también derivan implicaciones relacionadas con la moralidad y la justicia de las acciones  económicas. Como lo sostiene el economista Geoffrey Hodgson, contrario a lo que generalmente se señala, Adam Smith considera a los individuos tanto orientados por motivos morales así como por el interés propio. Ideas de justicia y moralidad no solo se encuentran en la TSM sino también en La riqueza de las naciones. Para Smith, en consecuencia, ninguna sociedad debería prescindir de aprobar aquellas conductas económicas que estén basadas en reglas institucionales y en principios morales y de justicia.

En relación con lo anterior, a despecho de la opinión convencional, la TSM, que se refiere a motivaciones positivas como la simpatía, y La riqueza de las naciones, que privilegia el interés propio como base de la conducta económica, no son totalmente incompatibles. El pasaje más famoso de esta última obra asoma alguna de las ideas expuestas por Adam Smith en la primera y dice: No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de la que esperamos obtener el alimento, sino de su búsqueda de su propio interés, y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas (Libro Primero, Cap. II, p. 17). Una perspectiva que le hace ver a otro que entendemos y aprobamos su propio interés supone cierta empatía. También induce a pensar en acciones que, como lo subraya Smith: “…forman parte de un sistema de conducta que tiende a fomentar la felicidad del individuo o de la sociedad, [derivando hacia] cierta belleza de esa utilidad, no muy distinta a la que atribuimos a cualquier máquina bien trazada.” (TSM, Parte III, Cap. II, p. 132). A partir de este razonamiento se hace más inteligible los beneficios inherentes al mutuo intercambio condescendiente y la acción de una “mano invisible” que conduce al bienestar.

En síntesis, el tratamiento de la empatía como condición natural de la interacción de los individuos conforma la base del sistema moral de Adam Smith; un sistema que remite a la consideración de la perspectiva individual subyacente a esa empatía. La TSM tiene implicaciones filosóficas, pero también sicológicas, políticas y económicas. No ha estado exenta de crítica, pues, como lo sugiere el filósofo Eduardo Nicol, el concepto de la simpatía hacia los sentimientos de las personas se queda corto al soslayar que en realidad sentimos simpatía es hacia las personas mismas. Por otra parte, se cuestiona que la consideración de la simpatía como principio orientador de nuestra conducta parece conducir a una suerte de relativismo moral. Pero la verdad es que se sigue analizando y discutiendo en torno a la TSM y su estudio ha tomado auge en las últimas décadas, especialmente en relación con las aparentes contradicciones que guardan sus postulados con los señalados en La riqueza de las naciones. Dos siglos y medio después de haberse escrito, la TSM sigue siendo una obra relevante por los diferentes aspectos que ilumina para el debate.

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Nota bibliográfica

Esta entrada obviamente no se pudiera haber escrito sin haber realizado las lecturas correspondientes de la Teoría de los sentimientos morales, en una selección en español de partes de esta obra, publicada por el FCE en 2004, de la cual además me he aprovechado de la excelente introducción de Eduardo Nicol, y de La riqueza de las naciones, en una versión en español del FCE, publicada en 2006. Pero también se ha nutrido del artículo de Sam Fleischacker: Empatía y perspectiva: una concepción smithiana de la humanidad, publicado en la revista Estudios Públicos, N° 148, primavera 2017, pp. 7-37. La referencia a lo que sostiene Geoffrey Hodgson es su artículo: Economists Forgot Smith and Darwin’s Message: Society Cannot Function Without Moral Bonds, publicado en el portal web Evonomics, el 29 de junio de 2016.

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DOS PENSADORES LIBERALES, DOS ENSAYOS, DOS INTERPRETACIONES

Uno, Mario Vargas Llosa, es Nobel de Literatura y a sus 82 años sigue vivaz y lúcido en torno al debate literario, de las ideas y la actualidad global.  El otro, Amartya Sen, es Nobel de Economía, tiene 84 años y por su profundo y esclarecedor trabajo académico e intelectual, dotado de un gran sentido ético y humano, a menudo ha sido llamado “la conciencia de la profesión”. A los dos los he leído profusamente, con fruición, siempre me han nutrido intelectualmente.

A Mario Vargas Llosa se le disfruta más leyéndolo en su faceta de novelista que en su condición de ensayista, pero en esta segunda condición sus opiniones no dejan de ser interesantes. Curiosamente, algunas de sus novelas contienen frases impregnadas de un sentido de crítica social evidente, como la que pronuncia Zavalita en los comienzos de Conversación en la catedral: “En qué momento se jodió el Perú”. Una frase que a pesar de preguntar por un tiempo, es atemporal, no pierde vigencia, sigue siendo una admonición que de tanto en tanto vuelve a enseñorearse sobre cualquier nación latinoamericana que se desbarranca, se  anarquiza, a fuerza de tener malos gobiernos y sufrir sus pobres gentes todo tipo de injusticias sociales.

A Amartya Sen se le lee reflexivamente, pues el amplio bagaje de temas filosóficos, económicos, sociales que domina y trata, se vuelven una experiencia invaluable, no tanto de querer saber, sino de buscar comprender. Pero Amartya Sen, sin ser fácil, no es un autor oscuro, de esos que su arrogancia intelectual les gana la partida durante el proceso de exponer sus ideas en el papel. Es curioso que a menudo, como si fuera un fabulador, el economista indio intercala en sus escritos, en medio de ideas que pueden ser densas, cuentos e historias de su infancia, su adolescencia o juventud, de su familia, historias reales o de ficción de su país o de otros, relatos que sirven para ilustrar mejor sus argumentos y terminan enriqueciendo sus textos, sin perder un ápice de rigurosidad, de una manera que los hace más terrenales, más humanizados.

Estos dos Nobel, dos pensadores liberales en el mejor sentido de la palabra liberal, comparten, aunque desde posturas un poco distintas, su compromiso con la libertad, la democracia, los derechos humanos. Más allá de este compromiso, también comparten la visión de que la libertad es tanto un fin en sí misma así como un medio, un instrumento al servicio de la sociedad para alcanzar otros fines: la prosperidad económica, como lo ha recalcado en diversas oportunidades Vargas Llosa, especialmente referida a los países latinoamericanos, o el desarrollo humano, el relevante concepto aportado, junto con otros investigadores, por Amartya Sen, que ha resultado clave para medir, más que el progreso, el verdadero bienestar de la gente. El desarrollo humano tiene que ver con dotar a las personas de las capacidades que le garanticen tomar sus decisiones con autonomía. Para lograrlo, se debe asegurar su educación, salud, seguridad social, garantizar su libertad en la participación política y en las actividades económicas. Vista como una estrategia, se trata del reconocimiento de que lo mejor para alcanzar el desarrollo es invertir en la gente.

La relectura de sendos artículos de ambos me ha permitido, con licencias de mi parte, interpretar algunos de los argumentos que allí se exponen en relación al contexto político y económico venezolano del reciente pasado y del presente.  El de Vargas Llosa se llama “América Latina y la opción liberal” y fue publicado en 1992 en el libro “El Desafío Neoliberal”. El de Amartya Sen se titula “La razón antes que la identidad”, es una Romanes Lecture, pronunciada en la Universidad de Oxford en 1998 y publicada en la revista Letras Libres de noviembre del 2000.

El ensayo de Vargas Llosa explora, entre otros asuntos problemáticos, las contradicciones existentes entre la identificación latinoamericana con los ideales liberales, lo cual se ha expresado, desde el siglo XIX, en copiosas constituciones políticas casi perfectas, las cuales contrastan con una realidad social que desdice mucho de lo que aquellas refrendan en derechos y deberes. La gran mayoría de las repúblicas latinoamericanas tienen constituciones que describen o prescriben naciones ejemplares, con separación de poderes, tribunales probos, derechos políticos y económicos protegidos, libertades garantizadas.  Pero muy poco de este espíritu de las leyes, tan bien hilvanado en el papel hacia un proyecto social identificado con el progreso, se ha cumplido en la práctica ciudadana y en el ejercicio del poder por parte de los gobiernos, sean de corte dictatorial o democrático. En general, las constituciones de estas “repúblicas aéreas” terminan siendo inocuas frente a los intereses impuestos por grupos políticos y económicos privilegiados. La imposición de intereses públicos y privados al margen o por sobre las leyes, tienden a socavar procesos políticos y económicos que necesitan construirse y preservarse  de manera colectiva, mancomunada.

La revolución bolivariana, asentada sobre una de estas constituciones casi perfectas, calza muy bien con la contradicción expuesta. La realidad social palpable no es sino un pálido reflejo de lo promovido en la que llegó a llamarse “la mejor constitución del mundo”. Vivimos una realidad exacerbada de problemas atávicos y otros de más reciente cuño, donde los nuevos grupos privilegiados, con la relativa aquiescencia de las élites políticas y económicas de siempre, se las arreglaron para seguir aprovechando  y usufructuando de una estructura económica anclada en el rentismo. Las políticas adoptadas para sostener el rentismo, un modelo pernicioso como pocos, pero que retorna altos dividendos políticos, lastraron cualquier posibilidad de transformar efectivamente la estructura económica, las instituciones. La consecuencia ha sido un colapso económico y social de un enorme costo para la gran mayoría de la población, frustrando el desarrollo de la república dentro de un proceso de amplia participación colectiva.

Esta consecuencia tiende un hilo conductor con una de las interpretaciones que se sustraen del ensayo de Amartya Sen. Para Sen el conflicto social detrás de identidades en pugna, entendiendo identidad como un carácter de representación individual o colectiva basado en la religión, etnia, nacionalidad, cultura, educación, clase social, afinidad política, a menudo causa perjuicios que impiden o limitan la identificación del ciudadano con la republica vista como un bien social, basada en un proyecto común. Cuando un conflicto de identidades se radicaliza y una identidad particular domina sobre otras, una promovida por un líder, una parcela política, una ideología, la sociedad deriva hacia un “ellos y nosotros”. Se convierte en una identidad beligerante, excluyente, una, subraya Sen, donde: “La misma gente repentinamente se hace distinta”. En estos casos se pierde el reconocimiento de que identidades compartidas y no compartidas forman juntas un sustrato común. Esta pérdida supone la marginación de los ciudadanos y grupos de la población del ejercicio de la razón pública, entendida esta como la participación informada y razonada en los asuntos públicos, el “gobierno mediante la discusión”. El conflicto de identidades, que privilegia la identificación con una única identidad para la toma de decisiones públicas, anulando, restringiendo o coaccionando a las demás, puede provocar, a la larga, un salto al vacío de la sociedad en cuestión, prefigurando el colapso, la violencia o la anomia.

Cabe resaltar que en Venezuela, por dos décadas, se ha tenido un doloroso ejemplo de ello, pues la radicalización de la identidad política que le dio forma a la revolución bolivariana terminó distanciando abruptamente a los venezolanos en sus posibilidades de participar colectivamente en un proyecto común, genuinamente inclusivo. La participación de los ciudadanos y grupos con otra identificación política quedó conculcada o muy limitada de formar parte del proyecto promovido por la revolución bolivariana en el poder. Dentro de la revolución todo fuera de la revolución nada. Ellos y nosotros dejó de ser una amenaza de división política para convertirse en una fractura social, una que será difícil reparar, pues ha quedado marcada por un gran déficit de confianza y de cooperación necesarios para la acción colectiva efectiva.

Las dimensiones de la obra intelectual y académica de Mario Vargas Llosa y Amartya Sen, constituyen un fondo de ideas originales, meditadas, con las cuales cabe explicar algunas de las construcciones teóricas y prácticas sociales relevantes del pasado y del presente, desde una perspectiva amplia, plural. Son ideas cuya problemática y criticismo estos pensadores liberales vuelven transparentes y abiertas al debate permanente. Por ello merecen ser leídas, estudiadas y en lo posible interpretadas.

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LOS DEVORADORES Y EL HAMBRE

La lectura de un conjunto de cuentos recopilados por la escritora argentina Ana María Shua con el título de “Los devoradores” (Anagrama, 2005), me ha permitido acercarme a una serie de mitos y relatos de diversos pueblos y culturas, cubriendo un largo tiempo histórico, cuyo eje transversal son los miedos y amenazas que suscitan la existencia de monstruos impulsados por una necesidad o afán de comer seres vivos. Los monstruos pueden ser animales, mitad hombres y mitad animales, vampiros, brujas, pero detrás de su variedad está la base común de tener un hambre legendaria. Uno de los cuentos más impactantes está basado en un monstruo que devora prácticamente todo, como una suerte de agujero negro que se traga hasta la luz.

Este sustrato común presente en tantas culturas se explica en parte cuando uno repara que la experiencia de la humanidad con el hambre ha sido una constante a lo largo de la historia. Aunque ya no suceden con tanta frecuencia, hambrunas en naciones pobres se manifestaron durante la segunda mitad del siglo XX y ha habido episodios puntuales en diversos países en estas primeras dos décadas del siglo XXI. Todo ello señala que la experiencia del hambre está muy marcada en la historia de muchas sociedades, y sus mitos, alrededor de monstruos con poderes desmesurados que buscan saciarla, han sido proyecciones exageradas de sus temores en este sentido.

Las hambrunas históricas, como las ocurridas en la Europa medieval, casi siempre tuvieron origen en las magras condiciones de producción agrícola y en las limitantes impuestas por las relaciones de producción prevalecientes. Durante siglos  los niveles de producción de alimentos no aumentaron de manera apreciable y, por tanto, la escasez alimentaria fue una constante dentro del feudalismo y en las sociedades basadas en castas. El acceso a los escasos alimentos se filtraba en favor de grupos privilegiados, monopolizadores de la mayor parte de los recursos de producción y también de los bienes de consumo.

Es sabido que la Revolución Industrial trajo una dinámica económica que elevó sustancialmente la producción de alimentos, pero  incluso ya avanzada esta, la amenaza del hambre se mantuvo, pues las relaciones de producción características del capitalismo originario tampoco garantizaban el acceso a los alimentos a una buena parte de la población.  Tanto para el llamado por Marx ejército industrial de reserva, así como para las familias que, ley de salarios de hierro mediante, apenas recibían un precario ingreso, la situación de insuficiencia alimentaria siguió siendo lo común durante más de un siglo y medio.

Lo que cambia todo este panorama es el explosivo aumento de las tierras destinadas a la agricultura y, de manera más significativa, el incremento extraordinario de la productividad agrícola, lo cual terminó por desnaturalizar la famosa sentencia malthusiana de principios del siglo XIX, de que se vivirían hambrunas espantosas, en la medida que la población creciera en progresión geométrica mientras la producción de alimentos lo hiciera en forma aritmética. Posteriormente, con la revolución verde, desde los años sesenta del siglo XX, quedó patentado que la humanidad, desde una perspectiva global, es capaz de producir los alimentos que necesita, aún tomando en cuenta el incremento de la población. Sin embargo, el hecho de que se puedan producir holgadamente los alimentos necesarios para sostener a todos los habitantes del planeta, no anula los problemas de hambrunas que pueden aparecer en naciones y territorios por situaciones puntuales como desastres naturales, sequías, guerras civiles, colapsos económicos.

Más allá de la obvia relación que existe entre la pobreza, la desigualdad y la emergencia de hambrunas, en las últimas décadas se ha privilegiado la discusión sobre la influencia de los factores políticos y las deficientes políticas económicas como causa de las hambrunas en un país o en el territorio de un país. Considerando uno y otro tipo de factores, los análisis que ha realizado el Premio Nobel de Economía Amartya Sen son bastante esclarecedores al respecto. En su libro “Desarrollo y libertad” (Planeta, 2000), Sen destaca que los diferentes regímenes de libertades políticas y económicas imperantes en China y la India durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, pueden explicar en alguna medida el distinto impacto que sobre situaciones de hambre de sus respectivas poblaciones tuvieron estos regímenes. En efecto, las mayores libertades democráticas prevalecientes en la India son una razón poderosa detrás del hecho de que este país evitara sufrir de hambrunas desde que se independizó en 1947. Por el contrario, la falta de esas mismas libertades en China sería una de las causantes de que esta nación padeciera una severa hambruna entre 1958 y 1961, en la cual murieron más de 30 millones de personas,  una consecuencia directa además del fracaso de las políticas del Gran Salto Adelante. Aunque la situación de China no puede extrapolarse a ningún otro país, esa terrible experiencia sí recalca que altos niveles de pobreza o de desigualdad económica, gobiernos autoritarios o antidemocráticos y políticas económicas erradas conforman gran parte del caldo de cultivo donde se alimentan las hambrunas.

Que no ocurran hambrunas a menudo enmascara situaciones de insuficiencia alimentaria menos graves, especialmente entre las familias de bajos ingresos y socioeconómicamente más vulnerables, no solo en naciones sino en regiones enteras, en países pobres y también en los ricos. Desde la perspectiva regional, el estudio “Socio-Economic Determinants of Hunger in Latin American Countries” de Maximo Rossi, Gastón Ares y Zuleika Ferre, publicado en noviembre de 2017, basado en resultados de Latinobarómetro 2013 para 18 países de América Latina, revela que la prevalencia del hambre en la región sigue siendo un problema pendiente de resolver, pues en promedio solo 52% de las personas encuestadas respondieron que no habían sufrido episodios de hambre no saciada, o, como se indica en el estudio, de retraso en su alimentación diaria, en los últimos 12 meses.

No obstante, el promedio de la región oculta la existencia de apreciables diferencias entre los países que la conforman. Así, la prevalencia de algún grado de déficit de alimentación en los países del cono sur, incluyendo Brasil, es relativamente baja, pues el 75% en promedio de las personas encuestadas indicaron no haber experimentado episodios de hambre no saciada en los últimos 12 meses. Por el contrario, en el caso de México, República Dominicana y Centroamérica, exceptuando Costa Rica y Panamá, el mismo indicador alcanzó solo al 29% en promedio de las personas encuestadas.

En el caso particular de Venezuela, en el referido estudio el porcentaje de personas encuestadas que respondieron no haber padecido episodios de hambre no saciada en los últimos 12 meses se ubicó en 58%, a la par de países como Costa Rica y Ecuador, y superior al de naciones como Colombia, Perú y Panamá. No obstante, la severa crisis económica que afecta a Venezuela desde hace un lustro ha deteriorado tremendamente los indicadores de suficiencia alimentaria de la mayoría de la población del país. La  situación se ha agravado desde 2017, en el contexto de una hiperinflación y una aguda escasez de alimentos, en una nación que es altamente dependiente de las importaciones de estos, las cuales se han reducido drásticamente. Para agravar la situación, en el país solo se está produciendo actualmente entre 20-25% del consumo de alimentos requeridos para abastecer a la población, según cifras de la Confederación de  Asociaciones de Productores Agropecuarios. Adicionalmente, el costo de la canasta alimentaria mensual se ha vuelto inalcanzable para una familia promedio, pues existe una brecha enorme, de más de veinticinco veces, entre su costo y el salario mínimo más el bono “alimentario” recibido como ingreso por los trabajadores.

Los efectos de la crisis económica en materia de consumo de alimentos por parte de las familias venezolanas pueden visualizarse a partir de los resultados arrojados por la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) elaborada en 2017 por tres universidades venezolanas. En ese estudio, además de ratificarse el incremento progresivo de los niveles de pobreza, indicador que se ubica en más del 80% de la población, se menciona que 79,8% de los encuestados afirmó que en los últimos tres meses ha estado sometido a situaciones donde come de manera insuficiente para cubrir sus necesidades alimentarias.

Desde la perspectiva de los países ricos, de todas las dimensiones que tiene la pobreza, la cual afecta a una proporción de su población aunque relativamente baja, la situación de algunas familias o personas que no se alimentan suficientemente es probablemente la más invisibilizada. Esta situación se ha corroborado en naciones como Estados Unidos, si tomamos como referencia un estudio de investigadores de la Universidad de Temple, reseñado por BBC Mundo, quienes evaluaron cómo se alimentan los estudiantes universitarios. En dicho estudio se concluye que el 36% de estos no se alimenta de manera suficiente, estimándose, con base en los resultados de una encuesta, que al menos un 6% pasaron al menos un día sin comer el mes anterior.

El hambre en cualquier magnitud representa una terrible amenaza para la estabilidad de una sociedad y tiene consecuencias funestas que incluso se reflejarán en el largo plazo. Por esta razón, para hacer factible el segundo de los Objetivos de Desarrollo Sostenible promovidos por el PNUD, eliminar el hambre en el mundo, se necesitará mucho más que su legitimación como un derecho humano universal, el derecho a la alimentación, y de declaraciones retóricas que recurrentemente se expresan.

De manera que es una gran responsabilidad de los gobiernos y de los ciudadanos de una sociedad evitar que aparezcan episodios de hambruna o situaciones donde a las personas se les dificulte o haga imposible cubrir sus necesidades alimentarias diarias de manera completa. Un país con un régimen de libertades amplio y unas políticas económicas efectivas puede contribuir sobremanera a evitar estos escenarios. No lograrlo remite a un  fracaso colectivo, sobre todo en naciones con inmensos recursos, donde, a pesar de su riqueza, uno tiene que observar el triste espectáculo de ver personas hurgando diariamente en la basura para buscar saciar su hambre.

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