TIEMPOS MODERNOS Y LOS PROBLEMAS DEL CAPITALISMO

El film clásico estadounidense de 1936 Modern Times – Tiempos Modernos en Hispanoamérica  dirigido y actuado por Charles Chaplin, retrata, bajo el trasfondo de una aparente comedia, algunas de las terribles condiciones sociales que sufrió la clase obrera norteamericana durante la época de la Gran Depresión. Se trata de males atribuidos al capitalismo de la época: alienación de los trabajadores, lucha de clases, desempleo, pobreza, desigualdad, especialmente de la clase baja más vulnerable de los Estados Unidos. Revela también que la ya para esos tiempos intensa maquinización y automatización de la producción alcanzada, y su correlato en eficiencia económica, no necesariamente supuso la eliminación de la precariedad y deshumanización del trabajo. Tiempos Modernos es, pues, una crítica al sistema capitalista, reflejando algunos de sus problemas característicos. [1]

Los males del capitalismo fueron objeto de una aguda crítica por parte de Karl Marx, crítica que se despliega a lo largo de las páginas de su obra fundamental “El Capital” cuyo primer tomo se publicó originalmente en 1867, pero también se encuentran, aunque de forma muy condensada, en el panfleto político que es el “Manifiesto Comunista”, escrito con Federico Engels y publicado en 1848. La predicción de Marx, que las contradicciones del capitalismo conllevarían a su colapso y eventual desaparición, no se cumplió, pero algunos de los males asociados al capitalismo señalados por el filósofo alemán sí siguen teniendo vigencia. Por ejemplo, las recurrentes crisis económicas a las que está sometido el capitalismo y sus nocivos efectos, señaladas en su momento por Marx, siguen golpeando a los países de tanto en tanto. No se equivocó al atisbar que la búsqueda de ganancias de los capitalistas a cualquier costo, presionando por bajos salarios y sin importar el desempleo causado constituiría un problema serio del capitalismo, capaz de crear agudos conflictos sociales. Tampoco dejó de acertar al predecir que el capitalismo alcanzaría una escala mundial, con la presencia global de grandes compañías y una gran concentración del capital en manos de unos pocos capitalistas, provocando una preocupante inequidad, especialmente cuando se comparan las naciones ricas con las pobres y los estamentos sociales a lo interno de algunas de esas naciones tanto ricas como pobres.

Pero las críticas al capitalismo no solo provinieron de parte de Marx en el siglo XIX y sus seguidores. Antes y durante la Gran Depresión, surgió un cuestionamiento que a la postre se convertiría en parte fundamental del pensamiento económico del siglo XX, dando origen a un tratamiento analítico más riguroso para los ciclos económicos, en especial en su fase depresiva. Se trata de las ideas del más importante economista del siglo XX, John Maynard Keynes, las cuales sirvieron de apoyo teórico y práctico para salvar al capitalismo de su anomia. Curiosamente, la obra que recoge lo fundamental de las ideas de Keynes “Teoría general del empleo, el interés y el dinero” fue publicada en el mismo año de exhibición de Tiempos Modernos: 1936. En una síntesis muy apretada, lo que Keynes planteó fue que las depresiones propias del ciclo económico capitalista no se corregían solas, como usualmente se pensaba dentro del pensamiento económico clásico. Los economistas clásicos subrayaban que ante la crisis se debería dejar que el laissez faire, la virtud auto-reguladora de los mercados, hicieran su trabajo correctivo. Para Keynes, por el contrario, salir de la depresión económica requería de la intervención del Estado, a objeto de recuperar, vía reducción de impuestos y aumento del gasto público, la confianza de los inversionistas y de los consumidores, con lo cual se estimulaba la demanda agregada de bienes y servicios y, por tanto, la producción. Las medidas intervencionistas del Estado tienen el efecto de atenuar las fases de auge y caída del ciclo económico, combatiendo en esta última el alto nivel de desempleo y la deflación. Sin embargo Keynes, a diferencia de Marx, nunca asomó con sus ideas la posibilidad de sustituir el sistema capitalista por otro diferente, solo afirmó la necesidad de la intervención periódica del Estado para corregir sus crisis sistémicas.

Si bien el capitalismo no fue sustituido por el sistema económico rival, el socialismo, el cual finalmente fracasó y fracasa en los pocos países donde aún pervive, amainar o neutralizar los problemas que han acompañado al sistema capitalista requirió de transformaciones que engendraron diversas modalidades de capitalismo. Entre estas destacan, en cuanto a rivalizar con el capitalismo estadounidense y británico, más orientados hacia el laissez faire, el modelo continental europeo, con sus amplios beneficios sociales y el capitalismo chino. Este último, emergiendo hace cuarenta años desde un sistema político comunista que aún pedura, representa el cambio económico de mayor importancia en cuanto a su impacto presente y futuro en la historia del mundo contemporáneo. Baste señalar que el capitalismo chino, con tasas de crecimiento promedio de 10% anual por décadas, ha logrado sacar de la pobreza a cerca de 400 millones de sus habitantes, un grupo que ahora exige niveles de consumo y condiciones de vida equiparables a las clases medias de cualquier parte del mundo, creando una presión adicional sobre los recursos del planeta. [2]

A pesar de las transformaciones experimentadas por el capitalismo en sus diferentes versiones o modelos, sus males, como los registrados en Tiempos Modernos, no han sido superados del todo en la era actual e incluso algunos se han exacerbado. El capitalismo contemporáneo, una expresión de causa y efecto a la vez del proceso de globalización y reflejo de la tercera y cuarta revolución industrial, ha traído otros perjuicios que no existían, o no eran tan notorios ni tan expansivos. Nos referiremos a tres de estos problemas globales: las crisis financieras, la concentración del capital, aparejada al aumento de la brecha de desigualdad económica, y el cambio climático. Estos problemas guardan relación con la característica fundamental del capitalismo, donde la producción de bienes y la inversión de capitales tienen como objetivo principal la consecución de ganancias y de rentabilidad a partir de la explotación de recursos, aún en detrimento de la necesaria sostenibilidad de esos recursos.

Las crisis financieras parecieran ser intrínsecas al capitalismo, mucho más en una era caracterizada por la mundialización de las finanzas, con tecnologías de información que permiten el movimiento continuo de un enorme flujo de capitales, que son regulados de manera muy flexible por parte de las principales economías. Estos capitales son objeto de innovaciones financieras que los vuelven volátiles y comportan altos niveles de riesgo, propiciando el surgimiento de burbujas especulativas, que al estallar originan las conocidas crisis financieras. El efecto expansivo de las crisis generalmente termina afectando ya no a unas pocas economías sino a la economía global. La crisis financiera más reciente, iniciada en 2007, duró varios años y es un buen ejemplo de todo lo señalado.

El aumento de la brecha de desigualdad global se ha explicado fundamentalmente porque en el capitalismo la rentabilidad de la inversión en activos crece a una tasa mayor que la respectiva para el crecimiento de la economía y mucho más que la tasa incremental de los salarios de los trabajadores. En estos términos, es inevitable que la riqueza en manos de los propietarios del capital, especialmente el patrimonial, supere a todas las demás tipos de riqueza. La ampliación de la brecha se revela en hechos como que en 2017 el 82% de la riqueza generada en el mundo fue a parar a manos del 1% más rico, mientras que la del 50% más pobre se estancó, según un informe de enero de 2018 de la ONG Oxfam. Este estancamiento se explica también en parte por la precariedad e inseguridad en obtener o conservar un empleo, problema al que están expuestos muchos trabajadores de la mayoría de naciones desarrolladas y en desarrollo, especialmente los trabajadores poco capacitados y los inmigrantes.

El cambio climático ha sido visto como un problema causado en gran parte por las externalidades negativas de la producción y el consumo bajo el capitalismo, basado en fuentes de energía altamente contaminantes. Además, la sobre-explotación de recursos y el dominio de los mercados por poderosas firmas multinacionales, imponiendo sus reglas y poco dispuestas a internalizar los costos de contaminación derivados de sus actividades, se encuentran en el centro de las amenazas latentes del cambio climático. Alrededor de la solución de los problemas generados por el cambio climático hay por lo menos dos posturas ideológicas, una a favor del capitalismo y otra en contra. La que está favor subraya que estos pueden ser superados dentro del propio capitalismo. Vendrá de la mano de políticas, como la aplicación de regulaciones diseñadas correctamente o el otorgamiento de amplias subvenciones o mediante el uso del mecanismo de precios del mercado. Todo ello redundará en un incentivo para las innovaciones dirigidas a la producción de energía limpia y a la conversión y generación de industrias energéticamente eficientes. La postura en contra parte de la premisa que el cambio climático es culpa del capitalismo y es este el que constituye en sí mismo el problema, por tanto la solución no puede provenir sino de un cambio de sistema económico.

Es entendible que ante estos tres acuciantes problemas: crisis financieras, aumento de la brecha de desigualdad y cambio climático, se ponga en duda la capacidad del capitalismo de corregirse o de reinventarse hacia un modelo más humanizado y sostenible. Por su parte, no se sabe a ciencia cierta cuál modalidad de los diferentes capitalismos existentes sobrevivirá, si acaso sobrevive alguna, en un escenario global donde estos tres problemas se agudicen. Por lo demás, en un mundo de poder político y económico multipolar se hará más difícil lograr decisiones de gobernanza mundial por consenso y las decisiones unilaterales, sea de países o actores políticos y económicos relevantes, probablemente tendrán un efecto limitado en cuanto a lograr resultados satisfactorios para la solución de estos problemas. Indudablemente estamos hablando de un tremendo desafío global.

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[1] Con posterioridad a la exhibición de Tiempos Modernos se han producido innumerables películas con críticas directas e indirectas al capitalismo o aspectos particulares problemáticos de este. El cine europeo, asiático y el latinoamericano cuenta con una gran cantidad de films con este tipo de argumento. El propio Hollywood ha sido pródigo en brindar una filmografía amplia al respecto, de manera que además de fábrica de sueños también Hollywood es, paradójicamente, una fábrica de crítica social.

[2] En las últimas décadas se ha producido una amplia literatura económica donde se redefinen los tipos de capitalismo existentes. Un libro del 2007 llamado “Good Capitalism, Bad Capitalism and the Economics of Growth and Prosperity”, escrito por William Baumol, Robert Litan y Carl Schramm, los clasifica de acuerdo al rol que juegan las empresas en el sistema capitalista. Desde esta perspectiva, existirían cuatro tipos de capitalismos: el formado por grandes empresas; el oligárquico, en donde una élite empresarial domina la economía y a menudo controla el poder político; el capitalismo de Estado, donde el gobierno es propietario de la mayoría de las empresas relevantes y concentra el capital; y el capitalismo empresarial, caracterizado por el espíritu de emprendimiento, las iniciativas empresariales innovadoras y la competencia.

 

 

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FLUJO DE REMESAS A VENEZUELA: COMO EN MÉXICO PERO CON GRANDES DIFERENCIAS

Según datos del Banco de México, en 2017 el flujo de remesas mexicanas alcanzó los 28.770 millones de dólares, la cifra más alta históricamente registrada, aumentando un 6,6% respecto a 2016. Una explicación sencilla de este crecimiento descansa en el hecho de que la economía de Estados Unidos, país de acogida de la mayoría de los trabajadores inmigrantes mexicanos, tuvo un relativamente buen desempeño en el 2017, creciendo en 2,3%, generando una importante cantidad de nuevos empleos y una leve mejora en los salarios. También influyó en el crecimiento del flujo de remesas la depreciación del peso mexicano frente al dólar, especialmente en diciembre, mes en el que varió un 6%, lo cual incentivó a los trabajadores a enviar una mayor cantidad de dólares para aprovechar el abaratamiento relativo del peso. Como aspecto desfavorable destaca que la tasa de inflación anual de México en 2017, de 6,8%, restó poder adquisitivo al ingreso de las familias que reciben remesas, estimándose sean alrededor de 24 millones. Para muchas de estas familias las remesas son su ingreso más importante y no es ninguna sorpresa que estas representen la segunda fuente de divisas de la nación azteca, por delante de las exportaciones de petróleo y detrás de las del sector automotriz.

Menciono lo del comportamiento de las remesas mexicanas para subrayar que la economía venezolana ha comenzado a ser impactada de manera relevante por las suyas. Como ha ocurrido en México, por lo menos en las últimas dos décadas, la dinámica del flujo de remesas a Venezuela comienza a tener efectos significativos. La economía venezolana sigue basándose en las exportaciones de petróleo, la mayor fuente de divisas, concentrando cerca del 95% del total, pero el flujo de remesas gana terreno y ya se encuentra entre las principales fuentes de divisas del país. No obstante, existen diferencias relevantes cuando se comparan las remesas de Venezuela con las de la nación azteca, especialmente cuando se toma en cuenta la situación macroeconómica de cada país. Una diferencia es la falta de información oficial sobre las cifras periódicas de esta fuente de divisas, situación similar a lo que ocurre con otros datos macroeconómicos. Otra es el régimen de tipo de cambio controlado que impera en Venezuela desde 2003, lo cual generó un mercado negro y una serie de obstáculos para la correcta fluidez de las divisas, lo cual distorsiona su verdadero valor. Una tercera diferencia estriba en que las estimaciones de la variación del nivel general de precios y del mercado negro, el llamado dólar paralelo, son extraordinariamente altas. La tasa de inflación anual, a falta del dato oficial, puede haber sido tanto como 2.616% en el 2017, mientras el dólar paralelo, a pesar de las fluctuaciones que regularmente experimenta, ha aumentado explosivamente y solo en noviembre del año anterior se incrementó un 135%, para tener una referencia.

Aunque no se conoce oficialmente la magnitud del flujo de remesas venezolanas, la orientación de los efectos que tiene y tendrá sí es más o menos similar al caso de México. Probablemente se observará un incremento de su flujo mensual, en razón de la posible profundización de la crisis económica, especialmente reflejada en el comportamiento del dólar paralelo y en la tendencia hiperinflacionaria. Por ello, una vez convertidas a bolívares, el valor de las remesas sufrirá casi inmediatamente una aguda pérdida de poder adquisitivo. Es probable también que para algunas familias venezolanas su ingreso fundamental sean las remesas recibidas de sus miembros trabajando en el exterior, los cuales se reparten principalmente entre España, Italia, varios países de América Latina y Estados Unidos.

A pesar de la falta de datos oficiales, hagamos un ejercicio sencillo, a partir de algunas suposiciones, para visualizar el probable impacto que tienen y tendrán las remesas en Venezuela. Se calcula conservadoramente que en el exterior trabajan alrededor de 1,5 millones de venezolanos y suponemos que las dos terceras partes envían remesas a sus familias: un millón de trabajadores. Si envían en promedio 100 dólares mensuales, un poco más de lo que actualmente cuesta en bolívares la canasta básica mensual, estos equivalen a 1.200 dólares anuales por trabajador. Esto supone que ingresan al país 1.200 millones de dólares anuales en remesas, los cuales reciben aproximadamente un millón de familias. Si estimamos tres miembros por familia en promedio, se está beneficiando de las remesas alrededor del 10% de la población venezolana. La posibilidad de enviar remesas forma parte de la explicación del éxodo masivo de los venezolanos al exterior en busca de trabajo y se ha convertido para muchas familias en un paliativo con el cual afrontar la dura crisis económica. Análisis más rigurosos acerca del impacto económico, social y hasta político alrededor del flujo de remesas a Venezuela espera por investigadores.

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POLÍTICAS PERVERSAS E INCENTIVOS PERVERSOS

Cuando explico conceptos básicos de economía, tengo claro que hay varios de puro sentido común, en cambio hay otros más difíciles de captar. De los primeros, el concepto implícito en la frase “La gente responde a los incentivos” es fácil de comprender, aunque solo sea porque intuitivamente sabemos que muchas veces respondemos a los estímulos con un condicionamiento predeterminado, a la manera como respondía el famoso perro de los experimentos del científico ruso Iván Pavlov. De los segundos, cuando uno dice “No hay almuerzo gratis” no es tan fácil entender de inmediato el concepto económico implícito. ¿Por qué el almuerzo que una amiga o un amigo cordialmente me invita en realidad no me sale gratis?

Concentremos el análisis en el concepto de los incentivos. Estos son señales, informaciones o datos que nos sirven para hacer o dejar de hacer una determinada acción o actividad. Aclaremos  que no todos los incentivos se nos ofrecen en dinero, también respondemos a motivaciones de otra índole, como el orgullo personal, los valores y creencias que tenemos, y un largo etcétera que pudiéramos añadir. Quedémonos solo con los incentivos monetarios. A diferencia de los de otro tipo, los monetarios son explícitos y perfectamente cuantificables.  A mí las series de TV y las películas me han proporcionado un contexto en donde he podido corroborar cómo funcionan estos incentivos.  Por ejemplo, en el famoso programa de TV mexicano “El chavo”, cuando Doña Florinda, urgida de hacer alguna actividad para la que no tiene tiempo, le dice a su vecino: – ¿Don Ramón, se quiere ganar 10 pesos? -.  Él siempre responde: – ¿A quién hay que matar? -.

Para que el incentivo monetario funcione, tiene que estar en sintonía con el efecto esperado al ofrecerlo. Se puede decir que con un incentivo se busca una consecuencia intencionada. Este es el principio que rige, por ejemplo, para las llamadas transferencias condicionadas de efectivo, una política aplicada por gobiernos como los de México y Brasil. Consisten en dar algún dinero de soporte a familias pobres si estas demuestran que envían a sus hijos regularmente a la escuela o cumplen con el necesario programa preventivo de vacunación para los niños. Está claro que la efectividad de la política se mide con relación a las consecuencias intencionadas que provoca el incentivo monetario que acompaña la medida.

Pero hay incentivos que generan un efecto no esperado, una consecuencia no intencionada, que termina agravando el problema que se esperaba corregir, neutralizar o minimizar. A este tipo de incentivos se les denomina “incentivos perversos” y casi siempre resultan de un mal diseño de una política pública. Para ilustrar este concepto, digamos que hay un pueblo invadido por lo ratones y que el gobierno, buscando combatir el problema, ofrece un incentivo en dinero a todo aquel que atrape y mate ratones. Los cazadores llevan a una oficina gubernamental las colas de los ratones cazados, como muestra de que les han dado muerte y reciben un dinero en relación a la cantidad de colas que lleven. Sin embargo, los ratones siguen multiplicándose y están por doquier. Lo que ha sucedido es que los cazadores se dieron cuenta que pueden dejarlos vivos y hacerlos reproducir, ganando así más dinero que si realmente los matasen. Como queda claro en este caso, la política genera un incentivo perverso, con una consecuencia no intencionada que agrava el problema.

Hay pues políticas que derivan en incentivos perversos y a menudo los gobiernos sobre la marcha de la política la corrigen o la eliminan. Por eso cuesta entender por qué el gobierno venezolano se ha vuelto un adicto sin remedio a las políticas diseñadas con incentivos perversos, agravando el problema que se intenta corregir y creando otros problemas concomitantes. Un caso prominente de esto ha sido el control del tipo de cambio, vigente desde febrero de 2003, el cual creó todo tipo de incentivos perversos que incrementaron la corrupción, la fuga de capitales y la continua devaluación del bolívar. Una muy reciente política, ofreciendo un estipendio mensual en dinero a las embarazadas, lleva la marca de las que generan incentivos perversos. En un país que tiene una de las mayores tasas de embarazo precoz de América Latina, sufriendo una gran precariedad en los hospitales para la atención de las parturientas, con una escasez terrible de vacunas, productos de lactancia y servicios de salud básicos para la atención de los neonatos, el gobierno no parece caer en cuenta que probablemente generará un problema adicional ofreciendo dinero a las embarazadas. De aquí en adelante, hombres y mujeres, especialmente los adolescentes y los jóvenes, cuentan con un premio en metálico aunque tengan una conducta sexual irresponsable.  Es probable que tras la medida la tasa de embarazos, sobre todo los precoces, aumente, en medio de la aguda crisis económica.

Son políticas perversas, que se traducen en incentivos perversos, diseñadas por un gobierno que no entiende del costo social que acarrean y solo mide con estas su exclusivo y cortoplacista beneficio político.

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