ECONOMÍA ANTI-MERCADO Y SOCIEDAD DE MERCADO

En su libro “lo que el dinero no puede comprar” (2013, Debate) y en conferencias y entrevistas, el filósofo de Harvard Michael Sandel ha puesto en la palestra un tema ético de actualidad. Se refiere a que en las economías de mercado ha ido ganando espacio la mercantilización de ámbitos de la vida privada, como la compra y venta de riñones, sangre y vientres en alquiler, que por su naturaleza no deberían ser objeto de ninguna transacción monetaria. Aunque los mercados son muy eficientes en asignar los recursos, existen parcelas de la vida de las personas donde introducir incentivos basados en el dinero conlleva a dilemas morales y resultan perjudiciales socialmente, pues generalmente coaccionan más a quienes menos tienen. Los casos donde el dinero invade este tipo de esferas de la vida privada, no solo caen en un terreno delicado desde el punto de vista ético de la decisiones al respecto, sino también supone la peligrosa emergencia de una sociedad de mercado, donde prácticamente todo se puede mercantilizar y tiene un precio. Sandel advierte que existen muchos bienes y servicios que el dinero no puede comprar, que bajo ningún concepto deberían ser mercantilizados y soslayar este hecho supone que la sociedad se deslice, cada vez más, hacia problemas morales y prácticos de difícil solución.

A diferencia de las economías de libre mercado desarrolladas que sirven de ejemplo a Sandel, la mayoría de las economías latinoamericanas  tienen poco desarrollados sus mercados y las instituciones que los complementan. Esta situación ha supuesto que prolifere la informalidad y los mercados negros o paralelos en un sinfín de actividades económicas. No obstante, la debilidad de los mercados formales no ha resultado un impedimento para que proliferen los mercados en actividades que se vinculan con los bienes y servicios públicos gratuitos o subsidiados, mismos que no deberían ser objeto de mercantilización. De manera que, en general, en América Latina se da la presencia de mercados poco desarrollados junto con la mercantilización de actividades no mercantiles, muy próximas a las que son objeto de crítica por parte de Sandel.

Un caso particularmente paradójico al respecto resulta ser Venezuela, un país con una economía donde no solo no funcionan los mercados, sino que el gobierno aplica políticas dirigidas deliberadamente a hacerlos desaparecer o tener los pocos sectores que funcionan a la manera capitalista muy regulados. Y la paradoja radica en que precisamente lo que sí proliferan son las actividades mercantiles en ámbitos y sectores donde no deberían existir. Un ejemplo entre muchos otros es el que referencia una noticia sobre la venta a altos precios de un tratamiento gratuito de salud pública contra la malaria en el estado Bolívar. Este hecho revela no solo el deterioro progresivo de la salud pública, pues los casos de esta enfermedad se han multiplicado, sino también la mercantilización mencionada, especialmente en actividades que por su naturaleza están llamadas a cubrir necesidades de los más pobres y socialmente vulnerables. En realidad, en el presente son muchos los bienes y servicios públicos que se han convertido en un negocio, uno que deja pingues beneficios a aquellos que, teniendo acceso privilegiado a ellos, los venden y revenden, incentivando la corrupción y el lucro inmoral. Venezuela es, pues, un país con una economía anti-mercado y a la vez con una sociedad de mercado, donde aparentemente todo se puede comprar y vender y donde los más pobres son los que más sufren las consecuencias.

En este estado de cosas, las instituciones dirigidas a complementar y apoyar la emergencia y el desarrollo de los mercados no existen o terminan cumpliendo la función contraria, pues se convierten en las redes burocráticas y en las mafias organizadas que facilitan la mercantilización de bienes y servicios públicos, productos subsidiados y gratuitos. Aún más, la mercantilización tiene otro nivel que alcanza la venta y explotación de activos y recursos naturales valiosos, propiedad de la nación. En general, estas operaciones se dan en unas condiciones que suponen privatizar las ganancias para un grupo privilegiado, al mismo tiempo que se socializan las pérdidas para el resto de la población. Es el desorden burocrático y la corrupción imperante dentro del Estado lo que fomentan e incentivan la mercantilización de estas actividades.

Vinculado con todo esto, me da por recordar la película venezolana “Amaneció de golpe” (1998), basada en los sucesos de intento de golpe de Estado del 4-F de 1992. En una escena de gran tensión, una valiente y honesta periodista, asqueada de la podredumbre política, la corrupción y de la hipocresía social prevaleciente, se ve obligada en plena madrugada del golpe a confrontar a la amante de su marido, a la que le dice irritada: – ¿Tú sabes por qué la gente se está matando allá abajo? ¿Tú quieres saber la verdad?, porque todo el mundo negocia, porque todo el mundo comprende, porque todo el mundo acepta -. 25 años después del 4-F, la revolución bolivariana sigue arrastrando el lastre que supone para el desarrollo la prevalencia de esta situación. Una revolución devenida en sociedad de mercado, donde todo se negocia, todo se compra.

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LA NOCHE TRISTE Y EL DESAFÍO DE LA HISTORIA

Dedicado a mi amiga mexicana Sheila Delhumeau Rivera y a mi amigo español Juan Carlos Martínez Coll

Por “Noche Triste” se conoce la noche del 30 de junio y la madrugada del 1 de julio de 1520, en la que los aztecas, habiendo asediado en luchas y escaramuzas a los españoles y sus aliados tlaxcaltecas, los obligan a emprender una huída catastrófica. La Noche Triste supuso una terrible derrota para Hernán Cortés, se estima que murió la mitad de la tropa española, unos 500 hombres, y cerca de mil tlaxcaltecas. Los pocos españoles que se salvaron, se cuenta, lo lograron porque se despojaron de su armaduras y de las joyas y el oro que cargaban. Ciertamente los españoles perdieron la mayor parte del oro que habían saqueado hasta ese momento y quedaron tan débiles militarmente que la derrota hacía presagiar su retirada del imperio azteca sin haberlo conquistado.

Cuando leí por primera vez sobre la Noche Triste, siendo muy joven, en medio de mi ignorancia de aquel entonces sobre los hechos de la Conquista de América, percibí que algunos no cuadraban con el relato oficial. Estaba el nombre del acontecimiento, ¿Noche Triste para quién? indudablemente para los españoles, pero estos solo eran una parte de los actores de ese drama histórico. Para los aztecas significó un triunfo y una venganza, de manera que, en rigor, para ellos fue una noche alegre que celebraron con fiestas durante varios días.

Un segundo hecho que no lograba entender era el de los indígenas tlaxcaltecas, apoyando y poniendo a sus guerreros al servicio de Cortés y sus huestes. ¿Cómo era posible que los indios guerrearan contra sus hermanos y no contra un enemigo que debía ser el mismo para ambos y seguramente tenía las mismas intenciones saqueadoras contra ellos? Esta tribu no es llamada en los relatos traidora de su raza sino “aliada” ¿Qué había detrás de esta alianza? ¿Cómo se fraguó? ¿Cuál fue el papel de  la Malinche, la mujer indígena de Hernán Cortés, en esta alianza y otros hechos de la Conquista?

Los miles de recovecos por donde se pueden colar respuestas a estos y otros interrogantes sobre la Noche Triste es lo que me fascina no solo de esta historia, sino de la Historia, con mayúsculas. Las interpretaciones en la Historia se bifurcan, como los senderos borgianos, por un lado y otro del drama humano y social que se desplegó, se puso en escena. Y siempre estará cargada de sutilezas e interpretaciones que la mayoría de las veces ofrecen una mirada diferente al relato oficialmente aceptado, otro punto de vista. He allí el desafío de la Historia, de la necesidad de comprenderla, para tener una perspectiva de los acontecimientos presentes, unos que son empujados, como las olas que rompen en la playa, por la fuerza del mar del pasado del que ineludiblemente forman parte.

Vuelvo al comienzo ¿Noche Triste? Pues sí y no. Sí porque un poco más de un año después de ese suceso, el 13 de agosto de 1521, Hernán Cortés y su ejército finalmente someten Tenochtitlán y conquista el imperio azteca. Por tanto, quienes escribieron esa historia fueron los conquistadores y cronistas españoles, y para ellos fue muy natural llamar así a ese episodio de derrota y congoja de la Conquista. Y a la vez no, porque la Noche Triste también significó la revelación poderosa de un espíritu de resistencia, de voluntad del pueblo azteca por no dejarse avasallar, al margen de constituir un imperio dado al sojuzgamiento y la esclavización de otros pueblos como los tlaxcaltecas.

Paradójicamente, tanto quienes avalan nombrar el suceso como Noche Triste así como sus detractores, tienen un vínculo indivisible, pues generalmente hablan desde la misma lengua castellana heredada. Y este no es un dato menor porque, interpretando a José Vasconcelos, se trata de un espíritu hablando, intentando reconocerse por espacio de cinco siglos, por cuenta de una raza que absorbe y amalgama lo bueno y lo malo del mundo traído por los conquistadores, los esclavos africanos y lo aportado por ella misma. Y este hecho inquebrantable, dando origen al mestizaje, a unas formas singulares de ser y de sentir, de heredar y construir una cultura, unas leyes, unas instituciones, constituyendo una realidad múltiple, calidoscópica, que se despliega en variadas expresiones políticas, económicas, artísticas, es, incontestablemente, el hecho verdaderamente relevante.

Es por eso que el relato de la Noche Triste me hace sentir indio, español, europeo, negro, mestizo, latinoamericano. Me hace preguntarme quiénes somos nosotros. Y en la búsqueda de respuestas a esta pregunta y en sus múltiples y complejas posibilidades de interpretación, es donde encuentro el verdadero desafío que plantea esta historia, toda la Historia.

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CAMBIAR EL PUEBLO

Mario Vargas Llosa realizó la última entrevista que concediera el General Omar Torrijos, el presidente panameño que será recordado por ser quien negoció la devolución del canal a Panamá y por sus políticas con acento incluyente y progresista. Y fue la última entrevista porque unos días después de realizada Torrijos se mató en un accidente aéreo, el 31 de julio de 1981, en el mismo avión que había llevado a Vargas Llosa al lugar de encuentro acordado para realizarla. La entrevista forma parte del libro “Sables y utopías” (2009, Aguilar), que recoge un conjunto de artículos de Vargas Llosa, regados a lo largo de varias décadas, dedicados a la política, el arte, la literatura y el desarrollo latinoamericano.

El perfil que Vargas Llosa traza de Torrijos lo describe como un líder carismático, ciclónico, providencial, por encima de todo y de todos, sean hombres, leyes o instituciones, capaz de enfrentar cualquier obstáculo con tal de cumplir lo que considera es su misión histórica. Su trato desenfadado y sentido del humor no desentonaba con su seguridad de quien se sabe poderoso, sin dudas, de quien actúa como si no existieran interlocutores, solo oyentes. Salta a la vista la comparación con Fidel Castro o Juan Velasco Alvarado, y uno deduce que este tipo de líderes carismáticos, avasallantes, cuya influencia y acciones marcaron el destino de sus naciones, emergieron atendiendo a ciertas particularidades de la realidad histórica y social latinoamericana, dentro del contexto de la Guerra Fría. Por esta razón, su influencia se extendió especialmente a lo largo del último tercio del siglo XX, pero también, como en el caso de Hugo Chávez, en el comienzo del siglo XXI.

Un rasgo que Vargas Llosa resalta es el pragmatismo del líder panameño. Para destacarlo, se sirve de una anécdota contada por el propio Torrijos. Tenía trabajando con él a un joven e inteligente economista marxista con quien habló en una reunión en relación con el desempeño de unos almacenes que habían sido estatizados en la localidad de Coclesito y que al parecer no estaban funcionando bien. El economista le dice “En este pueblo nada funciona como en la teoría, mi general”, a lo que Torrijos responde con una pregunta: “¿Cambiaremos el pueblo, entonces, muchacho?” y el economista acuerda “No, mi general, cambiemos mejor la teoría”. Torrijos le dice entonces “Vaya, estás aprendiendo”.

Traigo a colación esta anécdota porque refleja muy bien la diferencia entre un líder político pragmático  y uno que se aferra a una teoría o ideología. El pragmatismo de Torrijos supuso que nunca fuese etiquetado completamente como izquierdista o derechista y sus aciertos en el ámbito económico se debieron en gran parte a saber diferenciar oportunamente la teoría de la práctica, a la manera, salvando las obvias distancias, como lo hicieron en su momento los gobernantes de algunos países del Este Asiático y de China, los cuales deben en buena medida su éxito económico a ese pragmatismo.

La visión de Torrijos contrasta agudamente con la ceguera en el terreno de las decisiones económicas mostrada consuetudinariamente por Chávez como gobernante. Chávez alentó la aplicación de políticas económicas imbuidas de teoría marxista y de ideología de izquierda, sin atender que la realidad suele ser compleja y obstinada.  Por ello, estaba casi cantado el fracaso de políticas como la estatización de empresas o los controles de precios y del tipo de cambio, cuya posibilidad de obtener buenos resultados con ellas va en contra de casi toda evidencia empírica y experiencia histórica.

Por lo demás, nunca se observó una verdadera autocrítica por parte de Chávez y sus ministros en el sentido de aceptar que para cambiar la realidad social se debió corregir primero el rumbo económico al que apuntaban medidas que tenían y aún tienen efectos muy nocivos. Pero no solo faltó la autocrítica reconocedora de las fallas y errores en materia de política económica, antes más bien los ideólogos más recalcitrantes y prepotentes, como el ex ministro de planificación Jorge Giordani, siempre apostaron a que la solución pasaba por cambiar la mentalidad del pueblo, hacerlo entender que la revolución, pese a sus evidentes fracasos, los llevaría algún día al mejor de los mundos posibles.  En otras palabras, si es necesario se cambia el pueblo, manteniendo intocable la teoría, aunque la realidad a todas luces la contradiga.

Como es sabido, el gobierno de Nicolás Maduro optó por mantener el apego ideológico a teorías amarradas a políticas económicas equivocadas. El resultado ha sido cargar sobre el pueblo que dicen defender las terribles consecuencias de la aguda escasez, el alto desempleo, la inflación de tres dígitos, llamándolo a resistir una supuesta guerra económica. Desentendido de hacer el cambio económico necesario, ahora el gobierno plantea un cambio político. Al no contar ya con el apoyo de las mayorías, pretende imponer una nueva constituyente cambiando el pueblo, es decir, decidiendo ellos quién es pueblo y qué pueblo vota y los elige, un pueblo hecho a su medida. Todo este escenario apunta a que se profundizarán los errores y se retrasará la búsqueda e implementación de soluciones efectivas para los problemas económicos, solución que no vendrá de cambiar el pueblo, sino la teoría y la práctica que se alimenta de una ideología fracasada.

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