LOS PROBLEMAS DEL PIB COMO MEDIDA DE BIENESTAR

El PIB es una buena medida del desempeño de corto y largo plazo de una economía, también es útil para medir el tamaño de dicha economía y proporciona una escala con la cual compararla con respecto a otras. Pero no es muy efectiva para medir el bienestar de la gente. Tampoco parece reflejar adecuadamente los efectos del crecimiento económico sobre el medio ambiente o el ritmo de agotamiento de los recursos. El PIB por habitante es un buen indicador de bienestar si la distribución de los ingresos no es muy desigual, pero no lo es si ocurre lo contrario.

Una primera falla en la medición del PIB se relaciona con que esta medida de la actividad económica registra los bienes y servicios finales que tienen precio de mercado, que van al mercado. De manera que una parte de la producción que se consume y no va al mercado no se registra en el PIB. Existe una cierta cantidad de bienes y servicios con estas características. Por ejemplo, algunos productos agrícolas de granjas familiares no llegan nunca al mercado, se producen para el autoconsumo. Igual pasa con servicios como los trabajos domésticos que realiza una gran cantidad de hombres y mujeres en el hogar que no son remunerados monetariamente y, por tanto, no tienen precio de mercado.

Este mismo argumento es aplicable al trabajo voluntario no remunerado. En muchas naciones una gran cantidad de personas realiza actividades voluntarias como puede ser apuntarse en patrullas para apagar incendios, atender niños y ancianos, cuidar enfermos, rescatar animales. Sin embargo, pese a la gran importancia que tienen para la sociedad, estas actividades, no quedan reflejadas en el PIB, pues se producen pero no se venden.

Otra omisión de ingresos corresponde a los universitarios. Mientras pasan su tiempo estudiando en una universidad, los servicios de educación como pago de matrícula (si es una universidad privada), de residencia y otros gastos relacionados con la educación, son registrados en el PIB. Pero estudiar acarrea un costo de oportunidad, es decir, la mejor alternativa a la que se renuncia por estudiar, reflejada en la posibilidad de tener un trabajo en vez de estudiar. Los ingresos perdidos por el estudiante si estuviera trabajando deberían, según algunos economistas, incluirse en el PIB.

Relacionado con lo anterior, en las cuentas nacionales de algunos países se contabiliza el servicio que representa el alquiler de una vivienda por una familia, pero no se estima el costo de oportunidad cuando una familia adquiere una vivienda propia. No obstante, al menos en las cuentas nacionales de los Estados Unidos sí se hace. Según se ha documentado, la familia que es inquilina de una vivienda realiza un pago de alquiler a su propietario, lo cual queda registrado en el PIB. Pero si la familia compra una vivienda, los estimadores de cuentas nacionales siguen registrando en el PIB el valor del alquiler como sí la familia se alquilara a sí misma, reflejando el costo de oportunidad de este servicio.

En los países pobres africanos o de ingresos medios, como los latinoamericanos, una porción importante de la economía es informal, es decir, la producción de bienes, la prestación de determinados servicios y determinados trabajos no se negocian bajo arreglos formales, contractuales, legalmente establecidos. En este contexto, existe una “economía sumergida” de negocios legales e ilegales en los que se producen bienes y se prestan servicios sin registro de información fiscal, sin ser nunca declaradas a las autoridades fiscales y tributarias. En la mayoría de estos establecimientos laboran trabajadores sin contratos, especialmente cuando son inmigrantes, que no cotizan al seguro social ni aportan al seguro de desempleo, son trabajadores informales. Aunque en este caso la producción de bienes o la prestación de servicios sí se destina casi siempre al mercado, frecuentemente hay una subvaloración del aporte de estas actividades económicas al PIB. La informalidad supone un reto para quienes realizan las cuentas nacionales, de manera de hacer su correcta estimación en el PIB.

Otra deficiencia del PIB es que representa la sumatoria del valor de los bienes y servicios sin medir o ponderar la utilidad de los mismos. En otras palabras, el PIB mide por igual la producción de cigarrillos y los servicios de educación, los videos pornográficos y los servicios de salud preventiva, sin realizar juicios de valor acerca de la utilidad de dicha producción. En teoría, y haciendo una simplificación a objeto de entender el punto, dos países pueden tener un PIB muy similar, pero mientras en uno el PIB está concentrado en la producción de cigarrillos y licores, en el otro el PIB puede reflejar mayoritariamente la prestación de servicios en educación y salud.

Algo similar sucede con la calidad de los bienes y servicios, puesto que el PIB no diferencia productos de buena y mala calidad. Con los avances tecnológicos, los bienes y servicios como las computadoras, los celulares, las cirugías son de mejor calidad, más prácticos, más seguros. Pero esta mejor calidad no se refleja completamente en su valor, e incluso, dado que los precios de algunos de estos productos han tendido históricamente a disminuir, su participación relativa en el PIB puede, paradójicamente, haber mermado.

De las actividades económicas que omite el PIB quizás la más cuestionada sea la omisión de la contaminación generada fundamentalmente por las empresas, pero también por otras actividades. La contaminación representa lo que los economistas denominan una  “externalidad negativa”, esto es, actividades de producción que provocan, por ejemplo, la emisión de gases tóxicos o el vertido de desechos y cuyo costo, en términos del daño medio ambiental que causan, o la afectación de la salud de las personas, no es cubierto por la empresa. La producción de una empresa que contamina se registra en el PIB, pero como no incurre en el costo de remediar la contaminación, este se convierte en un “costo social”. En general, se piensa que así como se debería incluir dentro del PIB el bien que representa la producción de autoconsumo, los trabajos voluntarios y otros, debería restarse del PIB el “mal” que suponen las externalidades negativas o daños colaterales.

En la medida que se amplía la base industrial de un país, es posible que el crecimiento económico sea sostenido, pero uno de los efectos negativos que acarrea este crecimiento es que el aumento de la contaminación reduce la calidad de vida. Pero como la calidad del aire o del agua no se compra ni se vende en los mercados, el PIB del país no refleja este aspecto negativo de su crecimiento económico. Naciones que han tenido en los últimos años o décadas un crecimiento económico relevante, como China o India, no obstante podrían estar sobrestimando este crecimiento, en la medida que sus respectivos PIB no reflejan la contaminación medio ambiental que está generando su crecimiento económico.

Cierta valoración de la explotación de los recursos naturales no renovables tiende además a omitirse del PIB. Si bien la extracción y venta de un barril de petróleo queda reflejado en el PIB de un país productor, como Venezuela, el hecho de que se cuente con un barril menos de petróleo en el subsuelo, con el que no contarán las futuras generaciones, no se contabiliza de ninguna manera.

Hay varios países cuyos estimadores de las cuentas nacionales están trabajando, a pesar de las dificultades técnicas y metodológicas, en elaborar unas cuentas nacionales aumentadas, que incorporen la mayor cantidad posible de actividad económica, sea que dicha actividad tenga lugar en el mercado o fuera de éste. Sea que se trate de actividades económicas que implican algún tipo de bien privado o social, como el trabajo no asalariado, la investigación y desarrollo (I&D) y hasta el ocio, sea que la actividad se refiera a algún tipo de mal social, como la contaminación medio ambiental, la degradación de los bosques o la sobre-explotación de recursos.

Con respecto a las deficiencias del ingreso por habitante como medida de bienestar, analizaremos un aspecto puntual, el que guarda relación con el hecho de que no siempre el ingreso por habitante representa el promedio de ingreso que recibe un individuo de un país determinado. Algunos individuos recibirán por arriba del promedio, algunos incluso muy por arriba del promedio, mientras que otros individuos recibirán ingresos por debajo del promedio, algunos incluso muy por debajo del promedio. Que el ingreso promedio de un país sea representativo o no, está vinculado a la distribución de ese ingreso.

Existen varias medidas de la distribución de los ingresos entre las familias en un país determinado. Uno de los más conocidos es el llamado “Coeficiente de Gini” (CG), que es un indicador de la participación en el ingreso total de un país de diferentes grupos según su nivel de ingresos, generalmente divididos en “quintiles” (grupos de 20% de los hogares) o “deciles” (grupos de 10% de los hogares). El CG registra valores entre cero (0) y uno (1), entre más cercano a 0 se encuentre el CG, más igualitaria será la distribución del ingreso en ese país. Por lo contrario, entre más cercano a 1, se encuentre el CG, más desigual será la distribución del ingreso.

La importancia que adquiere la desigualdad económica en la medición del ingreso por habitante se puede deducir de cualquier informe sobre el desarrollo que elabora el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), donde se  observa que el nivel de ingreso per cápita de una nación puede ser sensiblemente inferior cuando se mide ajustándolo con relación a su distribución de ingresos. Así, mientras el PIB per cápita de los Estados Unidos es superior al de Canadá, sucede lo contrario cuando dicho PIB per cápita se ajusta por la desigualdad.

Las naciones latinoamericanas son, en general e históricamente, muy desiguales en términos de la distribución de los ingresos, a pesar que experimentaron mejoras en la primera década del siglo XXI en este aspecto. De manera que el crecimiento del PIB per cápita no necesariamente refleja una mejora de la situación económica para amplias capas de su población. Además, cuando la distribución del ingreso en un país es muy desigual, el acceso a la salud y a la educación de amplias capas de la población es limitado, con lo cual se perpetúa la desigualdad.

Por otra parte,  por los problemas mencionados, existen medidas del desarrollo, de la calidad de vida y del bienestar que son mejores estimadores que el simple PIB o el PIB per cápita. Una de ellas es el índice de Desarrollo Humano (IDH), elaborado por el PNUD desde 1990. El IDH, además de considerar el ingreso per cápita en su medición, toma en cuenta indicadores como la esperanza de vida al nacer y la educación, reflejada en la tasa de alfabetización de adultos y la tasa bruta combinada de matriculación en educación primaria, secundaria y universitaria. Los países evaluados por este indicador quedan posicionados como países con IDH muy alto, alto, medio y bajo. Uno de los aspectos que llama la atención de este índice es que no necesariamente los países más ricos, en términos de ingreso per cápita, son a su vez los que tienen los mejores IDH, aunque evidentemente hay una correlación.

En el informe del 2018, de las 189 naciones evaluadas, hay 58 naciones con un IDH muy alto; 54 naciones con un IDH alto; 39 naciones con un IDH medio y 38 naciones con un IDH bajo.  Los tres países clasificados con el IDH más alto (muy alto) son Noruega, Suiza y Australia,  mientras que las tres naciones con el IDH más bajo (bajo) son Sudan del Sur, República Centroafricana y  Níger. Los tres países latinoamericanos con el IDH más alto son Chile (muy alto, 44); Argentina (muy alto, 47); Uruguay (muy alto, 55). Los tres países latinoamericanos con el IDH más bajo son Guatemala (medio, 127);  Honduras (medio, 133) y  Haití (bajo, 169). Que un país registre un IDH muy alto no significa necesariamente que sea un país desarrollado.

Así como el Nobel de Economía Amartya Sen está directamente involucrado en la creación y mejora metodológica del IDH, otros Nobel de Economía, como Daniel Kahneman y Joseph Stiglitz participan activamente en las propuestas de crear y desarrollar indicadores que reflejen cada vez mejor el bienestar de la gente. En particular Stiglitz ha alertado que la no corrección de las distorsiones de medidas como el PIB, hacen defectuosa la visión de los problemas y de las políticas a aplicar para resolverlos, pudiéndose instrumentar políticas inadaptadas a los problemas. Entre los aspectos de medición del bienestar social no tradicionales que él menciona en los que se ha profundizado o que se han introducido en los nuevos índices para medir una vida mejor están la desigualdad, la sostenibilidad, la confianza y la inseguridad.

Una de estas construcciones metodológicas, que ha resultado particularmente debatida por los aspectos subjetivos de medición que incorpora, es la llamada Felicidad Interna Bruta (FIB), propuesta por el rey de Bután en 1972 y aplicada en este país. La FIB se basa en la evaluación de 180 preguntas a la población que son agrupadas en indicadores que cubren 9 dimensiones: a) Bienestar sicológico; b) Uso del tiempo; c) Vitalidad de la comunidad; d) Cultura; e) Salud; f) Educación; g) Diversidad medioambiental; h) Nivel de vida; i) Gobierno. No cabe duda que en este campo de la medición y valoración del verdadero bienestar de la gente, se seguirán perfeccionando las metodologías existentes y se seguirán haciendo en el futuro propuestas interesantes, conforme mejoren las técnicas de recolección de datos y el diseño de metodologías.

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INTELIGENCIA SOCIAL

Leer Inteligencia Social (Planeta, 2006) de Daniel Goleman me ha proporcionado una interesante perspectiva respecto al poder de las conexiones socio-emocionales que hacemos con los demás, sean la pareja, hijos, familiares, amigos, compañeros de estudio o de trabajo, simples conocidos o incluso con los desconocidos. Me ha gustado tanto como otro libro suyo: El punto ciego (sicología del autoengaño) y mucho más que La inteligencia emocional. La primera parte del libro, que es de la que voy a hablar, trata de las bases evolutivas, neurobiológicas y sicológicas que nos lleva a  conectarnos y vincularnos socialmente de múltiples maneras. Es un compendio de investigaciones y estudios de caso sobre las “neuronas espejo”, nuestra capacidad de empatía, cómo nos reconocemos y participamos de la alegría o la tristeza de otros, especialmente nuestros compañeros sentimentales, familiares y amigos, pero no exclusivamente. Goleman explica que entre los seres humanos existe una “economía emocional” de transferencia de emociones y sentimientos que funciona cuando estas se manifiestan tanto en el nivel observado de los mismos así como en un nivel subterráneo que puede ser incluso más relevante en sus efectos. Los costos y beneficios implicados en esta “economía emocional” fueron, son, y probablemente lo serán más en el futuro, claves para el sostenimiento de la tupida red social que le da sentido a la mayoría de nuestras decisiones y acciones de comunicación, cooperación y coordinación con los demás.

Goleman menciona al voleo una definición de qué es la realidad que me llama la atención por lo concisa, libre del polvo y la paja de tantas conceptualizaciones complicadas. Dice que “una cosa es real si es real en sus consecuencias”.  Es un concepto alejado de la teorización o los juicios de valor excesivos que inundan las ciencias sociales. Esta afirmación sugiere que cabría entonces estudiar más las manifestaciones de los hechos, fenómenos y procesos, pues estos y sus efectos directos y colaterales son los que llevan en sí la carga de la realidad social, menoscabando la necesidad de arroparla con ideologías o dogmas. Un ejemplo de ello lo puedo explicar prestando atención a los postulados de la teoría marxista. La lucha de clases es real, porque una de sus varias consecuencias, más allá de cómo definamos las clases sociales, es real: la desigualdad económica. Pero, el determinismo histórico, que predice el advenimiento del socialismo, no es real, porque sus consecuencias, la manifestación de un mecanismo lineal operando sobre los procesos productivos hacia un fin determinado de antemano, no ha sido observado nunca en los varios siglos del capitalismo.

Otro argumento que me ha parecido interesante es uno que guarda cierta similitud con lo que el Nobel de Economía Daniel Kahneman desarrolla en el libro que compendia buena parte de sus investigaciones y teorías: Pensar rápido, pensar despacio. Al igual que lo hace Kahneman, de dividir el cerebro con dos sistemas de pensamiento: el rápido y el lento, Goleman lo divide en dos vías que orientan la comunicación y las emociones: el camino bajo, que manifiesta la conexión emocional que sigue vías invisibles, instintivas y el camino alto, que expresa racionalidad, palabras y significado. El camino bajo funciona fuera de nuestra conciencia y a gran velocidad, el camino alto funciona con control de la voluntad, requiere esfuerzo, una intención consciente y se mueve más despacio. Ambos caminos se interconectan, se intercondicionan a través de los circuitos neuronales de las personas mientras socializan a cualquier nivel, sea de manera formal o informal. Como lo dice Goleman, las células cerebrales conectan los caminos alto y bajo con el fin de ayudarnos a orquestar nuestras emociones con nuestras respuestas.

Desde esta perspectiva, los atributos neurobiológicos y sicológicos del cerebro social forman el entramado en los que se basa la capacidad de interpretar los sentimientos, las emociones y la comunicación en los procesos de socialización. Todo ello ha permitido formar la base para el desarrollo de la confianza, la cooperación y la bondad, lo cual ha resultado clave para nuestra sobrevivencia como especie y para el funcionamiento efectivo de los grupos sociales. Por ejemplo, la empatía ha evolucionado hasta tener varios significados biológicos, filosóficos, reflejando diferentes niveles de inteligencia social. La empatía es conocer los sentimientos de otra persona, sentir lo que esa persona siente y responder compasivamente a la aflicción de otro. La postura de Thomas  Hobbes, hacia la segunda mitad del siglo XVIII, de que, en ausencia de una autoridad, el hombre se convierte en un lobo para el hombre, señalaría la existencia de la anti-empatía en el comportamiento social. Por el contrario, la postura de su contemporáneo, el filósofo y economista Adam Smith, expuesta en su obra Teoría de los sentimientos morales, publicada en 1759, es que el reconocimiento de los sentimientos de otra persona y actuar en consecuencia es clave para conformar y explicar su comportamiento social. [*]

Son pues varias las cuestiones interesantes que plantea la primera parte de Inteligencia Social. Me he apresurado a comentarla porque encuentro un diálogo fecundo con sus postulados biológicos, sicológicos y filosóficos acerca de cómo nos comportamos en relación con nuestras conexiones y vínculos sociales. Todo ello es determinante de las decisiones y acciones que toma el animal social  que es el ser humano. Bien vale la pena aproximarse a indagar qué lo motiva, cómo lo hace y con quién.

[*] Una discusión sobre la postura de Adam Smith al respecto, se desarrolla en la entrada de este blog llamada: UNA APROXIMACIÓN A LA TEORÍA DE LOS SENTIMIENTOS MORALES DE ADAM SMITH.

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VENEZUELA, REALIDAD GEOPOLÍTICA Y TEORÍA DE JUEGOS

En memoria de mi vecina y amiga Ana Cecilia Román, que me hacía el honor de leerme.

En el libro “El malestar de la Globalización” (Taurus, 2002), Joseph Stiglitz cuenta que siendo economista jefe del Banco Mundial, revisando los programas de rescate financiero del FMI le llamó la atención que el respectivo para la crisis financiera de Rusia en 1998 fue casi expedito, se aprobó sin dilación, mientras que en el caso de la crisis financiera de Argentina, desde principios del siglo XXI, se le dio largas al apoyo del organismo a la nación suramericana y, de hecho, al final no ocurrió rescate alguno. Stiglitz especula sobre la razón de este distinto trato: Rusia posee armas nucleares mientras que Argentina no.

Sabido es que Rusia con sus armas nucleares cuenta con una amenaza creíble para hacer estallar la estabilidad geopolítica global. En teoría de juegos, que dos jugadores tengan una amenaza creíble los dota de una estrategia disuasoria que limita el abanico de acciones de ambos.  En la práctica, el gobierno de un país sabe que su poderío le permitiría iniciar una guerra nuclear, pero también sabe que la reacción inmediata del gobierno del otro país sería responder al ataque. Este juego de guerra se repetiría hasta desembocar en la locura de una destrucción mutuamente asegurada (MAD, por sus siglas en inglés). Por tanto, la estrategia dominante del gobierno de cada país con armas nucleares es hacer saber al otro que cuenta con esta capacidad. Es una amenaza creíble convertida en un poder disuasorio. Esta manera de enfocar la estrategia del conflicto detrás de la posibilidad de una guerra nuclear para así evitarla, se le debe sobre todo a una de las mentes brillantes de la teoría de juegos, el Nobel de Economía Thomas Schelling. [*]

Señalo todo esto porque en la crisis política que sufre Venezuela se ha querido equiparar la negativa del presidente Donald Trump para reunirse con Nicolás Maduro con las reunión que por estos días sostuvo Trump con su homólogo de Corea del Norte, Kim Jong-un. Según algunos analistas, especialmente de izquierda, esto evidenciaría que el gobierno de los Estados Unidos no busca resolver la crisis política venezolana por medio del diálogo sino mediante una intervención militar, pues lo que en realidad quiere es apoderarse de su petróleo. Pero en esta argumentación se les olvida que Trump se reúne con Kim Jong-un y desdeña a Maduro por una razón geopolítica parecida a la sugerida por Stiglitz para el distinto tratamiento de las crisis financieras de Rusia y Argentina: Boom!

Que la realidad geopolítica global es asimétrica no es ninguna novedad. Que los principales actores de decisión de las acciones para la resolución de los conflictos calibran complejos intereses políticos y económicos en función de la relevancia del país en crisis, tampoco es ninguna novedad. Por ello, la crisis política padecida por Venezuela es diferente en varios aspectos claves a la que sufre Siria, Yemen o incluso en la propia región Nicaragua o Haití. Los contextos son distintos y la relevancia política y económica del país también. Por tanto, son distintas las motivaciones de los agentes internos y de los actores internacionales. Por lo demás, las opciones que se ponen sobre la mesa para una posible resolución del conflicto tampoco son uniformes. El distinto tratamiento que reciben las naciones provoca parafrasear una frase orwelliana: todos los países son iguales, pero algunos son más iguales que otros.

Ahora que el gobierno de Maduro solicita desesperadamente un diálogo internacional, cabe recordar que quienes han torpedeado por más de un lustro esta opción han sido ellos mismos. Y este torpedeo lo ha sido tanto en el contexto interno, frente a los opositores, así como frente a las exigencias de la comunidad internacional de encontrar una salida democrática a la crisis. Con la situación política y en especial la económica agravada, y el país sumido en una emergencia humanitaria, la opción del diálogo, utilizada hasta ahora por el gobierno de Maduro como una fórmula de engaño y distracción, finalmente se ha agotado.

Una razón por la que Trump rechaza dialogar con Maduro es que este ya no es reconocido como presidente legítimo de Venezuela ni por su gobierno ni por un grupo importante de gobiernos del mundo. En cambio sí han legitimado la autoridad de Juan Guaidó como presidente interino. Su liderazgo se apoya en trabajar para la materialización de los tres planteamientos de consenso para la solución de la crisis: cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres. De las opciones disponibles para el cumplimiento de estos objetivos, la intervención militar es la menos deseable. Las intervenciones militares norteamericanas causan urticaria en los gobiernos y rechazo de la población latinoamericana por diversas razones válidas y no validas. Pero sucede que en el escenario de la crisis venezolana la intervención militar representa la amenaza creíble. En este sentido, los “jueguitos de Nash”, expresión peyorativa que le leí a un intelectual de izquierda, ofrece un modelo de explicación útil y hasta cierto punto predictivo del curso de las acciones hacia la resolución de la crisis. Tengo la esperanza que en el caso venezolano la estrategia de la amenaza creíble de la intervención funcione y al final se materialicen los objetivos planteados para la solución de la crisis sin necesidad de recurrir a ella. Pero solo es una esperanza.

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[*]  Para comprender lo básico de la teoría de juegos los invito a leer el capítulo dedicado a esta teoría en mi libro “Aprendiendo Economía con Los Simpson”, disponible en: http://www.eumed.net/libros-gratis/2011c/1000/

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