EL DESCUBRIMIENTO DE LA MENTE BRILLANTE DE JOHN NASH

Un día como hoy, 23 de mayo de 2015, moría junto con su esposa, Alicia Lardé, en un accidente de tránsito en New Jersey, John Forbes Nash (1928-2015), el matemático estadounidense Premio Nobel de Economía. Nash venía del aeropuerto tras recibir en Estocolmo el Premio Abel, uno de los más prestigiosos entre los matemáticos. Nash ganó el Nobel de Economía por sus aportes a la Teoría de Juegos, un modelo que considera las decisiones de los agentes tomando en cuenta estratégicamente las de sus oponentes, en un sistema de acciones y reacciones que puede ser cooperativo o no cooperativo. La principal implicación de los juegos no cooperativos como los que modeló Nash es que la acción que maximiza un resultado, por ejemplo los beneficios en un mercado con solo dos empresas produciendo, un duopolio, se alcanza a partir de las decisiones de cada empresa considerándolas individualmente, teniendo presente la decisiones que puede tomar la otra. No obstante, queda claro que el mejor resultado posible puede ser uno donde ambas empresas cooperen entre sí.

He escrito suficientemente sobre Nash y su Teoría de Juegos en varias entradas de mi blog La economía sí tiene quien le escriba y por lo menos un artículo para la revista española Oceanum. Pero en esta oportunidad no voy a escribir sobre ello, sino sobre un aspecto de su vida, su esquizofrenia, la cual se le manifestó muy joven. Aunque el libro biográfico A Beautiful Mind, de Silvia Nasar, publicado en 1998, indaga bastante en su enfermedad mental, es de la película homónima, llamada en español Una mente brillante, estrenada en diciembre de 2001, de donde extraigo el dato para un breve planteamiento en torno a cierta sicología que se esconde detrás de lo que podríamos llamar el otro descubrimiento de John Nash.

Acosado por su padecimiento mental, Nash vivía alucinando que un colega le proveía información Top Secret sobre conspiraciones que, en medio de la Guerra Fría, podían terminar generando problemas geopolíticos globales serios. Nash se vuelve paranoico y obsesivo con esto, causándole serias dificultades en su vida laboral y personal. Para evitar ser descubiertos por los servicios secretos, su colega, acompañado de su hija de unos 10 años, se reúne con él en parques a campo abierto. Pero un día Nash se da cuenta que la hija de su colega, a pesar de llevar varios años intercambiando información con él, no crece, sigue siendo una niña de 10 años. Entonces su mente reacciona a esa imposibilidad lógica y matemática, después de todo, el tiempo pasa matemáticamente también, y comienza a confirmar que él solo está alucinando, inventando todas esas situaciones. A partir de ese descubrimiento inicia, ayudado por su esposa y algunos colegas, su recuperación, regresando al estudio de alto nivel de las matemáticas y a insertarse nuevamente en el mundo académico. Aunque fue un descubrimiento personal, para él fue tan significativo como el conseguido en torno a la Teoría de Juegos, con apenas 21-22 años, mientras hacía sus estudios doctorales en la Universidad de Princeton, los que le significaron se le otorgara el Premio Nobel de Economía en 1994.

Leyendo y conversando al respecto con amigos sicólogos y sicoanalistas, creo entender que no hay que ser necesariamente un genio como John Nash para tener este tipo de revelaciones, de epifanías, unas que resuelven, o comienzan a resolver, un nudo gordiano alrededor de un problema sicológico, emocional, o incluso una enfermedad mental. Esas revelaciones pueden ocurrir por un mero azar, una conjunción de hechos, situaciones, palabras, que de repente se presentan como una tormenta perfecta, en este caso generando un bucle de acciones y reacciones positivas. Otra posibilidad es que el inconsciente esté trabajando a la sombra del consciente engañado con la realidad y en un momento dado puede pasar la información relevante para destrabar la situación y alentar una toma de decisiones y unas acciones más sinceras y asertivas. Por esta última razón es que quizás aún se le otorga un poder tan revelador a los sueños. Con toda seguridad hay muchas otras posibilidades alrededor de encontrar revelaciones que pueden cambiar de la noche a la mañana el sentido y significado de una vida.

A pesar de su padecimiento, John Nash fue un vivo ejemplo de espíritu de superación. Si lo consiguió a partir de un descubrimiento azaroso es lo de menos, también fue su afán consciente o inconsciente de encontrar una solución lo que lo llevó a salir del atolladero. Independientemente de su genialidad, el punto es que él siempre lo estuvo intentando, después de todo tenía a sus matemáticas, tenía una pasión, un propósito, y tener uno cualquiera de ellos se convierte en un motivador muy poderoso, incluso cuando el fin de la pasión o propósito se orienta a atender, más que las propias, necesidades de otros seres humanos por los que sentimos especial afecto o amor. Aunque parezca de sentido común tenerlas, en realidad encontrar esas pasiones o propósitos también puede ser el resultado de una revelación y, como dudarlo, allí tendremos una primera orientación realista para buscar soluciones a algunos de nuestros problemas y dificultades, para enamorarse o simplemente aferrase a la vida.

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LA ECONOMÍA VENEZOLANA DE 1830-1840 VISTA DESDE EL LIBRO EL FABRICANTE DE PEINETAS

El libro El fabricante de peinetas. Último romance de María Antonia Bolívar (Editorial Alfa, 2011), de la historiadora venezolana Inés Quintero, es un ensayo que cuenta y analiza un suceso ocurrido en Caracas en 1836. Una mujer de 57 años, blanca, criolla principal, hermana mayor del Libertador Simón Bolívar, María Antonia Bolívar, tiene un romance con un joven pardo de 22 años que trabajaba para ella, José Ignacio Padrón, fabricante de peinetas. El amorío se enreda y en septiembre de ese año ella lo acusa ante la instancia judicial de Caracas de haberle robado 10.000 pesos, una cantidad muy sustancial de dinero en la época [1]. Al joven lo encarcelan y se inicia un juicio donde salen a relucir las cartas de María Antonia para Padrón, revelando manifiestamente la relación íntima que mantenían. Sus diferencias de clase social y de edad alimentan el escándalo y la comidilla alrededor del juicio. La historia es interesantísima, se lee como una novela. Más allá de los intríngulis del juicio, la actuación de los testigos, los abogados, del juez y su desenlace, a lo largo del ensayo se describen, caracterizan o contextualizan, una serie de aspectos y de hechos que muestran una pincelada de cómo se desempeñaba la economía venezolana en los años posteriores a la Guerra de Independencia, los del nacimiento de la Venezuela republicana. A destacar esos aspectos económicos está dedicada esta entrada.

El estanco de tabaco. El tabaco es originario de tierras americanas y desde el siglo XVI se convirtió en un producto altamente demandado en el comercio internacional de la época, alcanzando altos precios. La producción de tabaco en Venezuela se desarrolló rápidamente y hacia fines del siglo XVI se había convertido en el principal producto de exportación, siendo un cultivo de gran importancia económica durante la Colonia, importancia compartida, desde la segunda mitad del siglo XVIII, con otros cultivos como añil, algodón  café y especialmente el cacao. Los estancos de tabaco se constituían como monopolios instaurados por el Estado para tener el control absoluto de los ingresos fiscales generados. En 1779 la Corona española creó el estanco del tabaco venezolano, el cual duró hasta 1833. José Ignacio Padrón trabajó en ese estanco como empleado. La empresa otorgaba tierras a los productores, garantizaba recursos para producir, supervisaba la calidad del producto, fijaba los precios de venta y establecía los canales de comercialización. No obstante, los años de la Guerra de Independencia causaron estragos en la producción de este cultivo y en su comercio, perdiendo la relevancia que otrora tenía. Una vez instaurada la República, se pretendió recuperar la importancia económica de la producción-exportación de tabaco y utilizarlo como instrumento financiero para el pago de la cuantiosa deuda pública externa, heredada de la separación de la Gran Colombia, la cual montaba a 1.888.296 libras esterlinas, equivalentes a aproximadamente 11,7 millones de pesos, al tipo de cambio de la época de 6,20 pesos por libra esterlina. El plan incluso recibió el apoyo de Simón Bolívar, pero fue abandonado y las autoridades de la nueva República de Venezuela se mostraron contrarias a mantener el estanco de tabaco, por lo cual fue cerrado y liquidadas sus tierras y bienes en 1833 [2].

Las peinetas. La técnica de fabricación de las peinetas de la época era artesanal, el peinetero tenía que aprender la habilidad para el oficio en un taller con algún maestro. José Ignacio Padrón se hizo fabricante de peinetas y aparentemente era bien diestro en ello. La materia prima para elaborar esas peinetas era el carey, proveniente de la concha de las tortugas marinas. En esos años de 1830, la importación de carey cobró cierto auge, aunque su volumen y valor fue bastante variable. Se debía tratar de un negocio potencialmente rentable, pues algunos empresarios extranjeros estaban dispuestos a invertir en viveros de tortugas en la isla de Los Roques, previa autorización del Gobierno. Se han documentado por lo menos dos solicitudes de este tipo, en 1833 y 1836, otorgándosele a la primera solicitud, de un emprendedor norteamericano, una licencia de operación por 5 años. La peineta de carey era un adorno muy apetecido entre las damas de la alta sociedad caraqueña, una especie de artículo de cierto lujo, relativamente costoso, pues una buena peineta podía alcanzar un precio de 80 pesos y esta no era una cantidad que estuviera fácilmente al alcance de cualquiera. A inicios de 1836 estaban registrados oficialmente 21 peineteros en la ciudad de Caracas. Es probable que María Antonia, quien por su estatus social podía darse el lujo de comprar peinetas, haya conocido a Padrón inicialmente como clienta de sus productos.

Los esclavos. Algunos historiadores sostienen, sin dejar de ser una tesis controversial, que la esclavitud fue una pieza crucial en el engranaje del proceso de formación del capitalismo mundial y del arranque de la acumulación originaria del capital en Europa, especialmente en Gran Bretaña [3]. Los primeros esclavos negros traídos a Venezuela llegaron comenzando la segunda mitad del siglo XVI y su tráfico fue continuo durante los tres siglos que duró la Colonia. La Corona española otorgaba licencias para la compra de esclavos y el puerto de La Guaira era uno de los autorizados para recibirlos y comercializarlos. Un antepasado del Libertador, Procurador y Primer Regidor de Caracas, Simón de Bolívar, recibió hacia finales del siglo XVI una licencia para comprar 3.000 esclavos. La mano de obra esclava se convirtió en sostén del trabajo y la producción en las minas, plantaciones y haciendas, así como en las labores domésticas. Geográficamente estaba muy presente en el centro, la costa y centroccidente del país en un número que se calcula llegó a ser de alrededor de 80.000 esclavos. Sin embargo, la significativa importancia de la esclavitud en las actividades económicas comenzó a mermar, por diferentes razones, en el último tercio del siglo XVIII y se acentuó con el estallido de la Guerra de Independencia. Por su carácter de mantuanos y terratenientes, la familia Bolívar llegó a poseer una gran cantidad de esclavos, aunque Simón Bolívar liberó a los suyos en 1814 y luego en 1819 emitió un decreto a favor de la liberación de todos los esclavos, generando una gran resistencia a su aplicación. En 1830, la Ley de Manumisión ordenaba la libertad de los nacidos de esclavas cuando cumplieran 21 años, pero en una ley anterior de 1810 se había fijado esta edad en 18 años. En la práctica, en las primeras décadas de la República se produjo un retroceso en la legislación de la libertad de los esclavos debido a presiones económicas y políticas por parte de poderosos terratenientes. Será en definitiva con el decreto de abolición de 1854 cuando realmente comience a acabarse la esclavitud [4]. Para María Antonia Bolívar era algo natural poseer y comerciar con sus esclavos, pues se trataba de un bien de su propiedad. También en esa época se compraban y vendían criadas y criados, aunque en condiciones muy diferentes a las de los esclavos. Curiosamente su precio de compra-venta, como se señala en una carta de María Antonia para Padrón, oscilaba en torno a los 80 pesos, un precio similar al que costaba una peineta de calidad. Entre los bienes “no embargables” registrados por la justicia una vez es hecho preso José Ignacio Padrón, se menciona que este poseía dos criados.

Salarios e ingresos. Hacia 1830, los salarios en la administración pública no eran satisfactorios. Un escribano podía ganar 360 pesos al año, lo cual en términos de su poder adquisitivo representaba un sueldo con el que se podía comprar más o menos un esclavo joven en buen estado físico o hasta cuatro peinetas de buena calidad. El salario mínimo quizás lo representaba el trabajo de una criada libre haciendo labores domésticas, el cual podía llegar a ser de 1 o hasta 2 pesos a la semana. Con este poder adquisitivo tan limitado, la criada necesitaba un poco más de año y medio de trabajo si ganaba 1 peso, o casi un año si ganaba 2, para comprarse una peineta. Era manifiesta por lo tanto la gran desigualdad existente en esa época en cuanto a propiedades e ingresos entre una minoría de familias muy ricas y una mayoría de la población pobre. Cuando en 1832 María Antonia vendió a una compañía inglesa la propiedad de las minas de cobre de Aroa, heredadas de su hermano el Libertador, la familia Bolívar recibió 38.000 libras esterlinas, equivalente a 235.600 pesos [5]. La parte de la herencia que le correspondió a la mantuana caraqueña fue de alrededor de 50.000 pesos, un ingreso equivalente a 140 años de trabajo de un empleado público, un empleado como lo fue en su momento José Ignacio Padrón.

Monedas. El sistema monetario venezolano hacia 1830 reflejaba problemas propios de la inexistencia de una moneda oficial emitida por una autoridad gubernamental nacional, lo cual conllevaba a que en sustitución de esto se usaran diferentes monedas extranjeras de diferente valor y peso, escaseando frecuentemente el numerario. Estos problemas se evidencian en la misma carta mencionada anteriormente, en donde María Antonia le encarga a Padrón le ayude a conseguir 25 onzas de plata. La escasez de monedas persistió durante casi todo el siglo XIX hasta que finalmente, en 1879, en el gobierno de Antonio Guzmán Blanco se creó la Ley de Monedas, estableciéndose el bolívar de plata, dividido en 100 centésimos, como la unidad monetaria de Venezuela. El hecho de que María Antonia Bolívar denuncie a José Ignacio Padrón por una cantidad en efectivo tan grande lleva a preguntarse ¿por qué no la tenía guardada en un banco? La respuesta es que para el momento de los hechos, además de no existir un sistema monetario uniforme, tampoco existían bancos en Venezuela. El primer banco existente en el país fue una agencia del Banco Colonial Británico, establecida en Caracas en 1839. En 1841 se creó el primer banco venezolano, llamado Banco Nacional, pero nueve años después el Gobierno decretó su liquidación [6].

Para concluir este breve análisis, agreguemos que en el polémico artículo The Colonial Origins of Comparative Development: An Empirical Investigation, publicado en 2001, Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson defienden el planteamiento de que algunos rasgos de las instituciones económicas conformadas durante la Colonia en Hispanoamérica persisten en las naciones que, una vez independizadas, pasaron a ser repúblicas en el primer tercio del siglo XIX y hasta el presente, representando un obstáculo para su desarrollo económico y social [7]. Independientemente de la validez de sus argumentos, la exposición de algunos problemas de la economía venezolana de los años de 1830, vistos desde la mirada del libro de Inés Quintero, parecieran de una u otra forma sugerir que aún siguen vigentes casi dos siglos después, incluso algunos desaparecidos en el transcurso del siglo XX han rebrotado. Problemas actuales como el peso de una deuda pública externa exagerada, el bajo poder adquisitivo de los ingresos de la mayoría de la población trabajadora, la desigualdad exacerbada y la falta de escasez de numerario, serían indicativos de lo señalado. Y sobre todo ello he reflexionado a partir de la lectura de El fabricante de peinetas, un buen análisis histórico y también un relato de un amor contrariado.

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[1] Inés Quintero es también la autora de un libro previo relacionado con este, una biografía de María Antonia Bolívar llamado La Criolla Principal, publicado en 2003 por Fundación Bigott.

[2] Con referencias de las entradas: “Tabaco” y “Deuda pública”. Diccionario de la Historia de Venezuela. Fundación Empresas Polar, Caracas, 2010.

[3] En respaldo de esa tesis, véase, por ejemplo, Williams, E. [1944]. (1994). Capitalism and Slavery. Third Edition. University of North Caroline Press.  

[4] Con referencias de Pollak-Eltz, A. (1972). Vestigios africanos en la cultura del pueblo venezolano. Universidad Central de Venezuela, Caracas, y de la entrada: “Esclavitud”. Diccionario de la Historia de Venezuela. Fundación Empresas Polar, Caracas, 2010.

[5] Con referencias de la entrada: “Aroa, minas de”. Diccionario de la Historia de Venezuela. Fundación Empresas Polar, Caracas, 2010.

[6] Con referencias del artículo Primeros Bancos, en la revista El Desafío de la Historia, Año 2, No. 15, 2009, pp. 74-75 y de la entrada: “Bolívar, unidad monetaria”. Diccionario de la Historia de Venezuela. Fundación Empresas Polar, Caracas, 2010.

[7] Acemoglu, D., Johnson, S., Robinson, J. (2001). The Colonial Origins of Comparative Development: An Empirical Investigation. The American Economic Review, Vol. 91, No. 5, pp. 1369-1401.

 

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VENEZUELA: UNA ECONOMÍA INEFICIENTE

Es sabido que las economías prósperas lo son, entre otras cosas, porque las actividades productivas se realizan en un contexto donde  las empresas pueden alcanzar altos niveles de productividad y se puede esperar igualmente un alto nivel de eficiencia en el funcionamiento de los mercados. Ambas afirmaciones hay que matizarlas si consideramos que las empresas pueden ser importantes fuentes de contaminación, acarreando costos sociales y los mercados, cuando están muy desregulados, pueden ser perjudiciales, también son fuente de problemas cuando el poder de mercado se concentra en unas pocas empresas. No obstante, la evidencia empírica de los estudios del crecimiento económico demuestra que la eficiencia permite obtener los mayores beneficios y alcanzar bienestar social.

Por el contrario, los países estancados económicamente o en retroceso lo son fundamentalmente porque en términos productivos son deficientes y hasta inoperantes. En aras de la simplificación, agrupemos las fuentes de las ineficiencias en dos grandes bloques. Un bloque se relaciona con las fallas en el desempeño macroeconómico, es decir, fallas en las políticas implementadas en este ámbito, conllevando a desequilibrios reflejados en altas tasas de inflación, altos niveles de deuda, tipos de cambio sobrevaluados, restricciones para el financiamiento, entre otros, todo lo cual repercute negativamente en el crecimiento del PIB y en el desempeño de las actividades económicas. El otro bloque lo representa el deficiente “clima de negocios”, es decir, la existencia de barreras y restricciones para hacer negocios e inversiones, lo cual se manifiesta en engorrosos y excesivos trámites y permisos, poca transparencia en las regulaciones, normas, contratos, etc. Todo ello acarrea altos costos de transacción para las empresas, restándoles productividad y competitividad.

En este orden de ideas, la recuperación que parece experimentar la economía venezolana desde el 2021, dentro de un entorno macroeconómico menos desfavorable que en los años precedentes y restringido a unos cuantos sectores específicos, no significa que estructuralmente los desequilibrios hayan desaparecido. A pesar de anunciar el gobierno como un gran logro el abatimiento de la hiperinflación, la cual azotó la economía por casi cuatro años, todavía la variación del nivel de precios de los bienes y servicios sigue siendo muy elevada y solo en el último año se produjo una inflación acumulada anual de 686,4%, según cifras del BCV. Tampoco se observa que hayan ocurrido grandes cambios en el mal clima de negocios, limitativo y costoso para el desempeño de las empresas, los negocios y la realización de inversiones, imperante en Venezuela por varios decenios [1].

Los altos costos debidos al mal desempeño macroeconómico, la baja productividad y los altos costos de transacción de las actividades económicas, derivan hacia importantes pérdidas de ingresos [2]. Estas pérdidas ocurren porque en general se dejan de percibir ingresos que pudieron obtenerse si el funcionamiento de la economía venezolana fuese más eficiente. Del lado gubernamental, los ingresos fiscales no obtenidos habrían servido para ser invertidos en bienes públicos y en la cobertura de necesidades sociales. Del lado de la empresa privada, los ingresos perdidos suponen una menor capacidad de estas para realizar inversiones y mejorar su competitividad.

Por lo demás, cuando la totalidad de los recursos que se pueden utilizar y asignar en una economía no se materializa, se abre una brecha entre el PIB real y el PIB potencial (el PIB que se puede alcanzar utilizando todos los recursos de los que dispone una economía). En estos términos, el producto no realizado puede ser visto como una pérdida económica. La importante brecha entre el producto real y el potencial que ha caracterizado y caracteriza a la economía venezolana ha supuesto una pérdida de ingresos sustancial a lo largo de décadas [3]. Otra pérdida de ingresos relevante se generaba hasta hace poco tiempo del sostenimiento de un elevado subsidio al precio de la gasolina. Venezuela llegó a tener el precio de la gasolina más barata del mundo, dado que este precio era insignificante, el costo de oportunidad de no vender el litro de gasolina al precio internacional fue muy alto. Se estima que cada año el Estado venezolano perdía ingresos fiscales por el orden de 10.000-15.000 millones de dólares por mantener dicho subsidio.

Por su parte, la actividad económica más importante del país, la que concierne a la industria petrolera, se convirtió en una fuente de pérdida de ingresos fiscales, representados en los que se podrían haber alcanzado si se hubiese al menos mantenido constante su capacidad de producción. Explicada brevemente, con datos de la OPEP, la situación de la producción petrolera revela que esta llegó a ser de un promedio de 3,2 millones de barriles diarios (b/d) en 1999. Sin embargo, tras dos décadas de salida de un contingente importante de su recurso humano más capacitado, cierre de contratos con empresas y mala administración, la industria petrolera pasó a producir un promedio de 500.000 b/d en 2020, su peor desempeño en mucho tiempo. Durante 2021 la producción se recuperó parcialmente hasta alcanzar 718.000 b/d en diciembre (1.000.000 de b/d según lo anunciado por el gobierno venezolano), pero esa capacidad no se sostuvo ni siquiera en el primer trimestre del 2022, pues ha caído en unos 50-100.000 b/d. La posibilidad surgida este mes de marzo de llegar a un acuerdo que permita al gobierno venezolano exportar 400-500.000 b/d de petróleo hacia Estados Unidos, tendría en la práctica algunas limitaciones para materializarse, al menos en el muy corto plazo, pues expertos petroleros han señalado que, sin nuevas inversiones, se puede alcanzar como máximo una producción de 1,2-1,3 millones de b/d y es inviable alcanzar la meta del gobierno de producir 2.000.000 b/d. En un contexto donde en febrero de 2022 el precio promedio de realización fue de 71, 02 dólares por barril para la cesta petrolera venezolana (mezcla Merey), lo expuesto se traduce actualmente y en el panorama futuro, en una pérdida relevante de ingresos fiscales estimados en decenas de miles de millones de dólares.

Otro ámbito donde las malas políticas han mermado y mermarán aún más en el futuro los ingresos fiscales es el aumento del servicio de la deuda pública externa relativa a los bonos soberanos de la República y de PDVSA. En efecto, el gobierno venezolano se endeudó excesivamente incluso en los años en que experimentó un boom de ingresos petroleros, pero la capacidad de pago del servicio de la deuda disminuyó drásticamente una vez que mermaron los ingresos fiscales desde 2014 en adelante. El país entró en default desde noviembre de 2017 y casi cinco años después esta sigue siendo la situación. Según los cálculos del economista Hermes Pérez, la deuda venezolana ronda actualmente los 87.000 millones de dólares y los compromisos financieros por cada año de retraso en el impago aumentan en unos 5,2 millones de dólares cada año, reflejando claramente un costo financiero traducido en una pérdida de ingresos fiscales que pudo ser evitada [4].

Las pérdidas de ingresos fiscales se han presentado durante décadas en otras situaciones de decisiones de política además de las mencionadas, siendo las más relevantes las generadas por: a) la brecha entre el tipo de cambio oficial y el del mercado paralelo, especialmente cuando se han impuesto regímenes de control del tipo de cambio como RECADI o CADIVI; b) la disminución de las reservas internacionales (divisas y oro monetario), especialmente debido a la “quema” de reservas para sostener el tipo de cambio oficial [5]. Por su parte, siguiendo este hilo de explicación, las pérdidas de ingresos sufridas por el sector privado han estado asociadas a: c) bajo nivel de productividad laboral; d) disminución de la producción por fallas recurrentes de los servicios públicos; e) la política de expropiaciones.

En conclusión, la economía venezolana exhibe tanto del lado del funcionamiento del Estado, así como del lado de la actividad empresarial, importantes ineficiencias,  baja productividad y falta de competitividad, lo cual provoca importantes pérdidas de ingresos fiscales y limita la posibilidad de que las empresas obtengan mayores ingresos y sean más productivas y competitivas. Solo el diseño de buenas políticas consistentes y realistas, que sean respaldadas además por ambos sectores, el gubernamental y el empresarial privado, orientado a lograr eficiencia, pudiera modificar ese escenario desfavorable en un momento en que la economía del país más lo necesita.

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[1] En el último informe Doing Business del Banco Mundial del 2020, basado en estudios donde se evalúan una serie de indicadores representativos de qué tan fácil o difícil es hacer negocios en un determinado país y clasifica a las economía con base en los resultados, Venezuela quedó confirmada como una de las economías que exhibe mayores dificultades para hacer negocios y realizar inversiones.

[2] Según datos de ILOSTAT-OIT, la productividad laboral de la economía venezolana es baja incluso en relación a los demás países latinoamericanos. La productividad por hora trabajada representó en 2021 (medida a precios constantes del 2010) un 15,3% y la correspondiente por trabajador empleado un 8,0% de la respectiva productividad de los Estados Unidos.

[3] Una investigación que estimó la brecha del PIB para Venezuela en el periodo 1999-2010, identificó shocks fiscales y monetarios, por el lado de la demanda agregada, y tecnológicos y laborales, por el lado de la oferta agregada, encontrando que dicha brecha es inicialmente amplia, pero tendió a cerrarse conforme se produjo un aumento significativo de los precios del petróleo al final del periodo. Al respecto véase el artículo de Harmath, P., Mora, J. y Acevedo, R. (2013). “La brecha del producto y el producto potencial de Venezuela: una estimación SVAR” Revista Desarrollo y Sociedad,  Nro. 71, pp. 43-81.

[4] En el periodo 2005-2013, el riesgo país de Venezuela, una medida del costo financiero para la emisión de deuda pública, se comportó de manera volátil. En el segundo trimestre del 2006 el riego país fue bastante bajo, de 196 puntos básicos (1,96%), para luego dispararse desde el cuarto trimestre de 2008, alcanzando, en el primer trimestre del 2009, 1.669 puntos básicos (16,69%), cerrando el periodo en 1.112 puntos básicos (11,12%) en el cuarto trimestre del 2013. Al respecto véase la Tesis de Maestría en Gerencia Financiera del DCEE-UCLA de la licenciada en matemáticas Johela Pérez, teniéndome a mí de tutor: “Análisis de la relación estadística entre ingreso petrolero, deuda pública externa y riesgo país de la economía venezolana para el periodo 2005-2013”. DCEE-UCLA, enero 2015. Actualmente, en medio del default, el riesgo país de Venezuela se ha elevado hasta la cifra de 39.254 puntos básicos, lo cual significa que los inversionistas exigirían un rendimiento esperado cercano a 400% en una hipotética (e inviable) emisión de papeles de deuda del gobierno venezolano.

[5] El economista Miguel Ángel Santos destaca la paradoja de que los controles de cambio se impusieron como una justificación para frenar la fuga de capitales cuando en realidad terminaron exacerbándola. Según sus estimaciones, en el periodo 1999-2018 se fugaron de Venezuela capitales por el orden de 229.750 millones de dólares. Al respecto véase el artículo: Santos, M. A. y Reinhart, C. (2015). “From Financial Repression to External Distress: The Case of Venezuela”. NBER Working Paper No. 21333. Julio 2015. Por su parte, el economista Asdrúbal Oliveros estima que el BCV vendió a la banca venezolana 2.197 millones de dólares desde febrero 2019 hasta febrero 2022. A su juicio, el cual comparto, esta política ha significado en parte un despilfarro que se hubiera evitado o supuesto un menor costo si se hubiera profundizado la política de dolarización.

 

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