UNA LARGA MADRUGADA [HALLOWEEN´S DAY]

Es medianoche y antes de dormir leo un cuento de Cortázar llamado “Las Ménades”. Se trata de un concierto de música clásica que desde su inicio provoca en el público asistente al teatro un comportamiento extraño. Solo el hombre que narra lo que está sucediendo no se contagia del desorden reinante entre el público, que actúa como enajenado, como poseído. El concierto finaliza con la quinta sinfonía y los posesos invaden lentamente el escenario, rodeando al director y sus músicos que, lívidos de terror, intentan escapar pero no pueden. Antes de salir del teatro, el hombre observa estupefacto a una mujer relamiéndose, gustosa, la boca.

Termino de leer el cuento e involuntariamente, como un acto reflejo, enciendo la TV. Quedo pasmado al ver que transmiten una famosa serie de zombies. El parecido con el relato que acabo de leer me eriza la piel. Los zombies van como posesos, con la ropa despedazada, caminando lentamente, incansables en la búsqueda de saciar su hambre con los que tienen la mala fortuna de caer en sus manos. Algunas mujeres zombies, igual que las ménades, están poseídas de una irrefrenable lujuria.

Desde mi cuarto escucho sus pasos, sus murmullos, han penetrado en la casa. Entiendo que vienen por mí, tengo claro que no podré hacer nada, que no hay ninguna posibilidad de escapar de ellos.

Despierto sobresaltado, bañado en sudor, respiro profundo para espantar el miedo de lo que solo ha sido un mal sueño. De pronto, en medio del silencio y la oscuridad siento una presencia, un leve murmullo. Enciendo la lámpara del cuarto para cerciorarme que no pasa nada, que no hay nadie.

Entonces la veo, es una mujer zombie sentada en el borde de la cama. Sus jirones de ropa apenas le cubren alguna parte de su cuerpo. Me mira intensamente desde unos grandes ojos negros, sus labios voluptuosos los humedece con su lengua invitándome a que…

No puedo ni pensar, me gana la turbación absoluta y solo atino a intentar dormirme de nuevo, sabiendo de antemano que no lo conseguiré. Un momento después ya no siento ansiedad, me invade más bien esa rara melancolía que de un tiempo para acá ocupa cada breve espacio de mi vida desde que ella no está. La mujer zombie, como el dinosaurio de Monterroso, todavía sigue allí. Y a mí me espera, sin prisa ni pausa, una larga madrugada.

 

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MOTIVACIÓN Y NEUROLOGÍA DEL PODER EN VENEZUELA

En memoria de mi amigo y colega Alexei Guerra.

“…Habló de pan, de trabajo, de grandeza. Estuvo adecuadamente demagógica: los pueblos, como las sirvientas, solo quieren promesas para poder entregarse sin remordimientos.”

Los perros del paraíso. Abel Posse.

Escribo estas líneas sin ánimo de invadir campos profesionales para los cuales no tengo competencias acreditadas, pero los temas y reflexiones alrededor de la conducta social del venezolano, relativamente extensiva a otras culturas latinoamericanas, siempre ha sido de mi interés. Para argumentar sobre esto parto de la tesis sobre motivación del sicólogo David McClelland, donde se presume que las personas tienen tres tipos de motivaciones fundamentales: afectiva o afiliativa, el poder y el logro. Al respecto, los estudios experimentales sobre la motivación de los venezolanos, realizados desde los años de 1980 en el Centro de Investigaciones Psicológicas de la Universidad de Los Andes, un equipo liderado por Oswaldo Romero García y Nancy Morales de Romero, revelaron que aparentemente la mayoría de la población venezolana se comporta en función de motivaciones afectivas y de poder, siendo secundaria  la motivación al logro, la cual es considerada la más pertinente para planificar objetivos en la vida y alcanzarlos [1].

Alcanzar metas con base en los logros personales exige un esfuerzo y una disciplina propia considerable, pero cuando dominan la motivación afectiva y hacia el poder se le da prioridad para alcanzar dichas metas al apoyo recibido de las redes familiares y sociales. En tal sentido, el poder no es percibido como un medio para solucionar problemas o cambiar realidades organizacionales o sociales problemáticas, sino como un fin en sí mismo, siendo expresión del dominio que se puede ejercer sobre los demás, una representación del disfrute del mando y de las prebendas que vienen con ello: ordenar, recibir adulaciones, enriquecerse. El poder vinculado a la motivación afectiva permite reivindicar, afianzar, privilegiar al propio grupo, llámese familia, amigos, copartidarios, haciendo que los comportamientos sociales cooperativos tienden a ser restringidos al grupo. Estas dos motivaciones se solapan con la conducta conocida como “viveza criolla”, que es una antítesis de la orientada hacia el logro por propios méritos y que desdeña del respeto a las leyes. Es la conducta de Tío Conejo, manifestada en una gran variedad de acciones en el ámbito público y privado del venezolano [2].

Con respecto al poder político y sus derivaciones conductuales, algunos estudios neurológicos recientes, como los llevados a cabo por el neurólogo británico Peter Garrard, sugieren que el poder cambia el cerebro tanto de quienes mandan así como de quienes obedecen. En el cerebro del poderoso se genera un síndrome con un significado parecido al de la hibris de la Grecia Antigua, sufre un proceso de aislamiento de la realidad y de exageración de su propio poder, que será tanto más grande cuanto absoluto sea el poder ejercido. Por su parte, el cerebro de quienes obedecen al poderoso también cambia, desarrollando una suerte de hibris colectiva que sigue y respalda al gobernante de manera acrítica. Entre más carismático sea el líder, más cambia el cerebro de quienes lo siguen, adaptando y uniendo su voluntad a la voluntad de aquel. El líder puede ofrecer un proyecto social inviable o incluso una descabellada utopía, pero logra imantar a sus seguidores identificándose con ellos y haciéndolos protagonistas de su propia historia de poder [3].

En la historia política y social de América Latina destacan algunos episodios de hibris individual y colectiva, con gobernantes que creen todo lo pueden, percibiéndose a sí mismos como héroes, iluminados o redentores. También se ha presenciado fenómenos de masas avalando las desmesura y la demagogia de sus líderes, siguiéndolos irracionalmente. En muchos casos el gobernante, incluso el elegido democráticamente, se siente tentado de poner en marcha un proyecto social que hace caso omiso de los contrapesos jurídicos y legislativos que enfrenta o violentándolos allí donde estos suponen una barrera a sus propósitos. Si la capacidad institucional es débil o el gobernante logra debilitarla, podrá imponer casi sin cortapisas sus propios designios. Es un hecho que el ejercicio del poder desmesurado, y una conducta colectiva que lo acepta y lo respalda, ha perjudicado a muchas naciones de la región.

Si unos gobernantes y unos gobernados personifican con sus acciones tal hibris son los venezolanos que han vivido y viven bajo el  llamado socialismo del siglo XXI. Desde la Colonia, pasando por las Repúblicas de los siglos XIX y XX, con sus regímenes dictatoriales y democráticos, se asiste a una serie de comportamientos individuales y colectivos negativos, asociados con el compadrazgo, el amiguismo, el nepotismo, pero no cabe duda que este tipo de conductas se exacerbaron en estas dos últimas décadas. La figura de Hugo Chávez se convirtió en el arquetipo del líder carismático, populista, destructor de los contrapesos políticos e institucionales, de las reglas jurídicas y constitucionales que limitaban su poder. Chávez promovió una visión de la realidad del país que no admitía otro juicio y ponderación que la de él mismo, asumiéndose heredero privilegiado del mayor héroe de la patria, transmutándose en pueblo. Sus éxitos electorales corroboraron que una gran parte de la sociedad venezolana cohonestó sus ejecutorias y su delirio de poder [4]. Por supuesto, se trata de un tema abierto a debate en toda su dimensión sicológica, sociológica, política.

Para culminar estas notas, digamos que si la hibris también representa en su significado original el castigo que infligen los dioses a quienes trasgreden los límites, perdiéndose en su desmesura sin medir las consecuencias de sus acciones, es posible que la tragedia colectiva en la que desembocó el socialismo del siglo XXI venezolano sea una metáfora de ese castigo en el que los dioses se cobran tanto desatino.

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[1] Estas motivaciones tienen su antecedente en las teorías de las necesidades de Abraham Maslow, aunque son mucho más amplias y multidimensionales que las señaladas. Aspectos como las emociones, la voluntad,  la vocación, el dinero, el inconsciente, influyen de manera significativa en la determinación de las motivaciones individuales y grupales. Fernando Savater  dice en El valor de educar (Ariel, 1997) que la motivación afectiva muchas veces no proviene tanto del deseo de afecto, como sí del miedo a perderlo. De manera que el afán de poder y especialmente el de dinero, actúan como paliativos motivacionales contra la incertidumbre que suponen los afectos.

[2] Tío Tigre y Tío Conejo son dos personajes de cuentos populares, invención del escritor venezolano Antonio Arráiz. El hecho de que en esos cuentos Tío Conejo siempre se sale con la suya y engaña o embauca a Tío Tigre, dieron lugar a describir al venezolano con el arquetipo del “vivo” o “pícaro”, que es el individuo que utiliza más su viveza y sus relaciones que su esfuerzo y trabajo para alcanzar sus propósitos. El siquiatra y economista venezolano Axel Capriles analiza las bases antropológicas y culturales subyacentes en la preeminencia de las actitudes tipo Tío Conejo en la sociedad venezolana en el libro La picardía del venezolano o el triunfo de Tío Conejo (Taurus, 2008).

[3] Las afirmaciones de Garrard están extraídas de una entrevista donde habla de este tema, publicada en el diario La Vanguardia el 15/11/2017. Garrard tiene un libro en el que condensa esta hipótesis de trabajo llamado The Leadership Hubris Epidemic: Biological Roots and Strategies for Prevention (Palgrave Macmillan, 2017).

[4] Esta conexión de Chávez y el pueblo, una relación afectiva y de poder permanentemente retroalimentada, fue analizada desde un enfoque de crónica por la periodista española Beatriz Lecumberri en su libro La revolución sentimental (Ediciones Puntocero, 2012).

icovarr@ucla.edu.ve

@iscovarrubias

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DOS PESADAS MALETAS

Si me diera por contar mi vida diría que ella me dejó y eso es lo único que importa decir. Cuando lo hizo, las dos pesadas maletas que aguardaban en la puerta me revelaron enseguida que mi soledad sería infinita. Desde entonces me levanto con el alba y un goteo incesante de minutos irremediables me va sepultando lentamente, hasta que piadosamente vuelve a caer la noche y me duermo arropado en sueños extraños.

En verdad yo la amaba como un condenado irredento, condenado porque, como escribió aquella poetisa mexicana de la época de la Colonia, de nada vale librar brazos y pechos si nos labra prisión una fantasía. Irredento porque amar de manera tan altiva no tiene perdón del cielo. Es sabido que los ángeles no perdonan el amor que envidian. Ella no me amaba, aunque me quería, en definitiva querer es un asunto de costumbre, de apego a maneras y manías, pero no vale nada comparado al amor. Me daba perfecta cuenta de eso. Al principio caí en el engaño fácil de creer que solo con mi amor nos bastaba a los dos, pero desesperado pedía que el universo conspirara.

Y el universo conspiró. Ella se enamoró. Puedo rememorar sus gestos, su cuidadoso arreglo, su mirada suspicaz en el bar de copas que solíamos frecuentar. También recuerdo la malhadada tarde que me lo confesó. Me dejaba y sus palabras terminaron por desvanecer, como un castillo de arena, aquello que en su momento fue para mí lo más parecido al paraíso. Enajenado ante las ruinas hirientes del paso de semejante tormenta, creí solo había una manera de sobrellevar el desamor.

Por eso vine a habitar esta casa lejos de la ciudad, cerca del mar, en este pueblo costero. De eso hace justo un año. Aquí no salgo a ninguna parte y me las he arreglado para evitar a la gente, solo abro la puerta para recibir de un mensajero del abasto los víveres que ordeno. Fue una suerte que la casa estuviera amueblada; aunque no es de mi estilo, da lo mismo que sea así. Al principio miraba el mar desde la ventana y la abría para sentir la brisa fresca, pero al cabo de un tiempo la sellé y cubrí con una sábana oscura. Ya no miré más.

Y es que aquí no vine a hacer una nueva vida. Junto a la melancolía, mi soledad comienza a abrumarme. Ahora bebo licor por las tardes hasta embriagarme. Cuando estoy ebrio, me cruza el único pensamiento que sostiene mi desolación, me asalta el deseo de desenterrar las dos pesadas maletas donde ella duerme para siempre.

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