SESGO DE DISPONIBILIDAD Y CORONAVIRUS

En su libro Pensar rápido, pensar despacio (DeBolsillo, 2012) el Nobel de Economía Daniel Kahneman define la heurística de disponibilidad como el proceso de juzgar echando mano de la facilidad con que los ejemplos relacionados con la categoría juzgada vienen a la mente [1]. La facilidad con que los ejemplos vienen a la mente es un trabajo del sistema de pensamiento intuitivo, rápido, que supone una focalización en un contenido particular. En estos casos, el pensamiento reflexivo, lento, no interviene o está ocupado en otras cuestiones. Entre más fluida sea la información de la memoria sobre un determinado evento o situación juzgada, mayor es la posibilidad de que esta influencie el juicio o la decisión, generando frecuentemente sesgos cognitivos.

El sesgo de disponibilidad es uno de los sesgos cognitivos cometidos con mayor frecuencia por las personas en sus juicios y toma de decisiones. Un ejemplo sencillo ayudará a entenderlo. Una mujer tiene fresca en la memoria la información de que el mes pasado chocaron dos aviones en pleno vuelo; como debe salir de viaje prefiere ir en tren que en avión. El error está en que el riesgo de viajar en avión no ha cambiado realmente, es independiente del evento reciente, pero la mujer juzga erróneamente como de mayor riesgo viajar en avión con base en la información disponible del accidente reciente.

Una parte de los errores de juicio y en la toma de decisiones, las privadas y las vinculadas con políticas públicas, que cometen las personas, líderes políticos y autoridades mundiales frente a la pandemia del coronavirus, puede ser atribuida a la disponibilidad de información y su facilidad de obtenerla. En general, el sesgo de disponibilidad hace que frecuentemente la gente se deje “llevar por la corriente” en situaciones problemáticas como ésta. En su libro, Kahneman enumera algunos estados mentales y situaciones en los cuales las personas y las autoridades son más proclives a emitir juicios y tomar decisiones basados en la heurística de disponibilidad. Entre los que menciona destaco tres que me parecen pertinentes para entender por qué ocurre este sesgo cognitivo frente a la pandemia del coronavirus.

Una heurística de disponibilidad se presenta cuando las personas emiten juicios o toman decisiones estando al mismo tiempo comprometidas con otra actividad que requiere esfuerzo. Partamos del hecho de que esté ocupada o no en tareas y actividades, la gente recibe diariamente una gran cantidad de información sobre el coronavirus, la cual no es suficientemente procesada o evaluada con rigor. La intensa cobertura mediática de los efectos que está teniendo el coronavirus ha promovido además una “cascada de disponibilidad” de información, una información que a menudo los medios modelan para asegurar un flujo de noticias que tengan una alta sintonía de parte del público [2]. Dado que dedicar tiempo y esfuerzo a analizar las noticias sobre el coronavirus implica un trade off en relación con otras actividades, la mayoría del público se decanta por considerar la información que tenga disponible fácilmente y no le exija mayor esfuerzo reflexivo. Es en este contexto que las personas probablemente harán  juicios o tomarán decisiones erróneas respecto a la pandemia.

Otra heurística de disponibilidad le ocurre a personas que son ignorantes del tema pero creen saber del mismo, por contraste a las restricciones que se imponen los verdaderos expertos. Lo relevante aquí es que una parte de la información sobre el coronavirus encara aspectos técnicos relativamente complejos que son difíciles de evaluar si no se tiene la experticia en el área, por ejemplo si no se es epidemiólogo o no se tienen conocimientos de estadística. Este sesgo cognitivo se vuelve particularmente peligroso cuando el conocimiento que se tiene sobre el tema se basa en información de dudosa calidad, como ocurre de forma manifiesta con las teorías conspirativas ventiladas como causa del origen del coronavirus. Cuando se revisa la información ad hoc con cierta atención, o ha sido evaluada por especialistas, las teorías conspirativas han quedado refutadas. Un problema concomitante es que sobre todo en los regímenes autoritarios y de pocas libertades, aunque no exclusivamente en estos, a menudo la información es filtrada y censurada de acuerdo a los intereses políticos y el tipo de información que conocen los ciudadanos acerca del coronavirus puede no ser veraz ni transparente.

Una tercera heurística de disponibilidad es muy frecuente encontrarla entre las personas que son (o se les hace sentir) poderosas. Esto ocurre así en parte porque el poderoso posee una gran confianza en su intuición para emitir juicios y tomar decisiones. Las declaraciones y decisiones que han ventilado algunos gobernantes y autoridades del mundo sobre el coronavirus, pertenecientes a un amplio espectro de ideologías políticas, han dejado en claro que estos han cometido errores de interpretación y decisión frente a este problema de salud pública. Con ello han generado conflictos de poder en torno a las políticas instrumentadas, lo cual les ha restado, en la mayoría de los casos, efectividad.

En conclusión, la pandemia del coronavirus y la información que circula alrededor de esta, sus causas y consecuencias, puede resultar un interesante campo experimental para identificar los sesgos de disponibilidad que con mucha frecuencia comete la gente ante eventos de esta naturaleza. También distorsiona el juicio de gobernantes y autoridades encargadas de instrumentar acciones al respecto. Como lo dije en una entrada anterior, los estudios sobre economía del comportamiento y la mejora de políticas han comenzado a arrojar algunas luces para advertir o preparar a la gente para evitar que cometan sesgos cognitivos de disponibilidad en torno a las prevenciones y medidas a acatar frente al coronavirus. No obstante, aún es temprano para emitir juicios favorables respecto a los resultados, a riesgo de caer uno mismo en un sesgo de disponibilidad en relación con esto.

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[1] No es fácil conceptualizar qué es la heurística porque tiene varias definiciones. El colega investigador venezolano Fernando Morales da a mí entender una definición bastante apropiada: la heurística se refiere al uso de información previa, de la experiencia propia o ajena, para tomar decisiones o rediseñar el marco previo de la situación decisoria, independientemente de que esta sea apropiada o no. En el contexto en el que la utiliza Daniel Kahneman, la heurística es una regla general, un marco previo o un atajo de interpretación de la realidad o de la información que puede conducir a una persona a cometer sesgos cognitivos. Heurísticas y sesgos han sido utilizados para el análisis en diferentes áreas como el diagnóstico clínico, las sentencias judiciales, las finanzas, la estadística y la estrategia militar.

[2] En general, la gente tiende a guardar en la memoria la información con un contenido dramático, con reminiscencias afectivas, mucho más que la información presentada de manera más neutra. Muchos medios saben esto y exponen a la opinión pública las noticias de una manera de poder sacar partido de este aspecto dramático o afectivo.

icovarr@ucla.edu.ve

@iscovarrubias

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TÚ MI DELIRIO

Dedicado a mis compañeras de promoción del 5° Año “B” del Liceo Libertador de Mérida

Oigo voces, desde hace tres meses oigo unas voces y nadie lo sabe, ni siquiera ella, mi mujer. Me encierro en el pequeño estudio del piso y allí las escucho. A veces ella entra y me interrumpe para contarme algún enredo de los personajes de las historias que ve en la TV, no me queda más remedio que prestarle atención y al instante me atrapa su sonrisa limpia, su rostro radiante inundado de la pequeña alegría de hacerme cómplice de su sencilla cotidianidad. Y entonces de golpe comprendo por qué la quiero.

Las voces me han dicho que soy uno de los elegidos para salvar el mundo. Cuando salvemos el mundo se acabarán las guerras, las epidemias, el hambre, y las personas tendrán la oportunidad de vivir en libertad, como decidan vivir. Esta última frase  la dijo un profesor de la India de visita en la Universidad donde laboro. Le he tomado simpatía porque es muy amable, siempre guarda para mí un saludo cuando llega al auditorio que me corresponde mantener limpio y abrirlo para su clase. Una vez me quedé escuchándolo hablar sobre libertad y desarrollo, aunque no entendí mucho me emocioné hasta las lágrimas. Debe ser por eso, porque siempre he añorado la felicidad para todos, que las voces me eligieron.

Las voces tienen poderes y pueden predecir el futuro. A mí me gustaría preguntarles muchas cosas, si los Yankees ganarán el campeonato este año, si ese hermoso país sudamericano azotado por una dictadura finalmente será libre y si alguna vez los seres humanos llegaremos a vivir en Marte. Pero no me está permitido saber nada del mañana. Lo que sí hacen las voces conmigo es entregarme unos algoritmos matemáticos y unas instrucciones para invertir en Wall Street. No sé muy bien cómo funciona, pero es parecido a apostar a un número en una ruleta sabiendo de antemano que éste será el ganador. He obtenido mucho dinero con esos benditos algoritmos. Las voces lo guardan todo en un banco virtual, superencriptado, que solo ellas conocen. Supongo se trata del dinero que necesitaremos más adelante para lograr salvar el mundo. A mí no me motiva hacerme rico sino cumplir esa misión.

Ser rico y no poder disponer del dinero que gano a veces me entristece, pero no por mí sino por ella. Mi mayor deseo sería poder colmarla de hermosos regalos y llevarla a comer y bailar a sitios elegantes. Como no puedo hacer nada de eso, una madrugada del último verano le regalé un paseo en la rueda de la luna del parque de atracciones. Estábamos completamente solos y fue muy divertido cuando logré hacer arrancar el motor del aparato y encender las luces que iluminan la rueda. Desde lo más alto, al mirar su rostro radiante de alegría, comprendí que en este vasto universo mi felicidad es compartir un mundo con ella.

Pienso que si lo contara todo, si hiciera público que las voces me eligieron para salvar el mundo, la gente dirá que estoy delirando y seguramente me encerrarían en un manicomio. Pero sí le pediré a las voces me permitan revelarle mi secreto, después de todo, ella es mi verdadero amor, mi único y real delirio.

Isaías Covarrubias ©  icovarr@ucla.edu.ve   @iscovarrubias

 

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DESIGUALDAD, CORONAVIRUS Y ASNOS ESTÚPIDOS

Dedicado a mi amigo y colega español Miguel Ángel Pérez García

Un relato breve del escritor de ciencia ficción Isaac Asimov llamado Asnos estúpidos, publicado en 1957, ironiza un poco acerca de lo paradójico que puede resultar juzgar la inteligencia humana en función de su progreso científico y tecnológico. En el relato, el dominio de la energía nuclear es la señal de que una sociedad planetaria ha alcanzado la inteligencia y la madurez necesaria para ingresar a la Federación Galáctica. Cuando el sabio y longevo funcionario encargado de registrar el ingreso de la Tierra a la Federación se entera que las pruebas termonucleares las ha realizado la especie humana explosionando bombas atómicas en su propio planeta, monta en cólera, no se lo puede creer, le parece absurdo e inmediatamente borra a la Tierra de su registro en los libros de ingreso. Al final exclama furioso: ¡Asnos estúpidos!

Hace algún tiempo hice una variación de este relato, destacando la paradoja de que en un mundo de seres inteligentes, dominadores ya no solo de la energía nuclear sino también de la biotecnología y la inteligencia artificial, la desigualdad económica global constituye un problema de gran calado. En lo que escribí presumía que los sabios de antiquísimas civilizaciones galácticas se sentirían igualmente contrariados con el Homo sapiens, y en particular con el Homo economicus, al comprobar que su inteligencia no le ha servido para crear un mundo más equilibrado en cuanto a la distribución de la riqueza producida y acumulada.

Al respecto, según datos de la ONG internacional Oxfam, publicados en enero de 2020, los 2.153 milmillonarios existentes en el planeta poseen tanta riqueza como 4.600 millones de personas, el 60% de la población mundial, y el 1% de los más ricos del mundo tienen el doble de riqueza que 6.900 millones de personas [1]. Esta enorme desigualdad económica supone una amenaza para la estabilidad de la sociedad global y, de agravarse, de no ponérsele remedio, es de temer que más temprano que tarde amenace seriamente los equilibrios fundamentales del orden político y económico mundial, como lo han documentado y analizado profusamente varios estudiosos del tema [2].

La imagen de una isla habitada por poderosos capitalistas, rodeada de un inmenso mar de gente depauperada y excluida, puede muy bien servir de símil para una prospectiva de la situación. Una imagen que es propia además de la realidad de algunas de las grandes urbes de los países subdesarrollados y hasta se llega a observar, en una escala mucho menor, en algunas ciudades de los países desarrollados. Se trata de una futura distopía que queda reflejada en películas como la estadounidense Elysium (2013, Dir. Neill Blomkamp), representativa de una variedad de films de este tipo. Desde esta perspectiva y volviendo a la variación del relato de Asimov que escribí, si el registro de la Tierra en la Federación Galáctica pasara por comprobar qué tan equilibrada materialmente es su civilización, la escandalosa desigualdad existente llevaría al sabio escribiente a anularla y probablemente lanzaría otro ¡Asnos estúpidos!

Se me ocurre que otro motivo desde el cual juzgar la inteligencia colectiva puede ser el tratamiento del problema de salud pública, económico y social que se ha desencadenado desde inicios de este año con la epidemia del coronavirus. Asumamos, como en el relato de Asimov, que existen civilizaciones inteligentes en toda la Galaxia y que estas civilizaciones obviamente buscan soluciones globales a los problemas globales. Supongamos también que la emergencia de pandemias es un problema al que recurrentemente se enfrentan esas sociedades planetarias. En este contexto, haciendo otra variación al relato, el sabio intergaláctico puede evaluar el ingreso de la Tierra a la Federación Galáctica considerando cómo sus habitantes se enfrentan a una pandemia. Pensará que si en la Tierra ya se domina la energía nuclear, la biotecnología y la inteligencia artificial, el tratamiento de las pandemias sigue el protocolo de las sociedades planetarias inteligentes, basado en la solidaridad, la cooperación, haciendo uso de la mejor ciencia y tecnología disponible en cuestiones sanitarias, con políticas de salud pública globales, aquellas que resulten más efectivas en el combate del virus para toda la población mundial.

Sin embargo, pronto corrobora que pasa muy poco de eso y antes más bien los gobiernos de los países cierran sus fronteras, aplican su propias políticas exclusivas, les funcionen o no, se acusan mutuamente de las fallas sanitarias y hasta de haber causado a propósito la pandemia. Además, constata que la desigualdad económica ya mencionada provoca que esta tenga impactos negativos muy diferentes en los países ricos y pobres y entre los ricos y los pobres del mundo entero. La alta vulnerabilidad e incertidumbre que acompaña la vida de los pobres enfrentados a las enfermedades lo dejaría sencillamente consternado [3]. Por todo ello, su reacción sería muy similar a la que tuvo al enterarse que las bombas atómicas las explota la especie humana en su propio planeta. Seguramente, mientras anula el ingreso de la Tierra a la Federación Galáctica, volvería a exclamar lleno de rabia y decepción: ¡Qué barbaridad! ¡Asnos estúpidos!

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[1] El reporte de Oxfam que contiene estos datos se llama Time to Care. Unpaid and underpaid care work and the global inequality crisis (2020, Oxfam Briefing Paper, January, Oxfam International).

[2] Entre los estudiosos más destacados de este tema se encuentran el economista serbio-estadounidense Branko Milanovic (Worlds Apart: Measuring International and Global Inequality, 2007, Princeton University Press); dos Nobel de Economía: Joseph Stiglitz (El precio de la desigualdad, 2012, Taurus) y Angus Deaton (The Great Escape: Health, Wealth, and the Origins of Inequality, 2013, Princeton University Press) y el economista francés Thomas Piketty (El capital en el siglo XXI, 2014, FCE).

[3] Se puede enfocar el problema del coronavirus como un problema de salud pública global. Desde este punto de vista, la salud pública es un bien común, pero la pandemia del coronavirus se enfrenta con políticas que conducen a una “tragedia de los comunes”, es decir, el problema se ataca con todos los gobiernos de los países actuando de manera individual en beneficio casi exclusivo de sus propios ciudadanos, resguardando sus propios intereses, lo cual conlleva a alejar las posibilidades de obtener la mejor solución de salud pública para el colectivo mundial.

icovarr@ucla.edu.ve
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